lunes, 22 de mayo de 2017

I

Del silencio se vive.
De cerrar los ojos y rezar al silencio.
De tener nudos en la garganta que no se saben deshacer tan fácilmente como si fueran un lazo.
De fingir para olvidar y que el silencio afirme que es un engaño.

Del silencio se vive y no para hacerse sabio.
De cerrar los ojos y llorar al ser amado.
De tener hambre de justicia y estar amenazado.
De sentirse avergonzado y permanecer callado.

Del silencio se vive.
De cerrar los ojos y recibir los puñetazos.
De las verdades que duelen como una cuchillada en el costado.
De romper en lágrimas al romper lo apalabrado.

Del silencio se vive.
De cerrar los ojos y mentir por no hacer daño.
Del no felicitar por cumplir más años.
De volver a perderse para no ser encontrado.

Del silencio se vive.
Del hierro se muere tiroteado.

sábado, 16 de abril de 2016

Tormenta de aguas bravas

Odio esta ciudad con su calor y polvo histórico que te envuelve. La odio, de noche, de día, de mañana y de tarde. La odio porque veo en las sucias aguas del Tormes mi reflejo. Ese reflejo que sólo yo veo y que sólo yo odio. Ese reflejo que me apuñala cada vez que cierro los ojos. Son tormentas de 24h, todos los días, detrás de esta mirada indescriptible. Tormentas que golpean y hieren durante 24h, sin descanso, sin darme tregua y por mucho que mis pestañas, al borde del colapso, quieran que frenen, no hay solución al problema.
Y es esa tormenta de agua brava la que me devuelve flores violetas: cardenales a diario que en su día florecieron en mi piel y parece que han echado raíz. Me devuelve el silencio ahogado que precede al gritar, el pánico palpable en la habitación, la mirada impasible que sólo quiere ver el televisor, el dolor acompañado de lágrimas cuando tus costillas ya no aguantan más, el grito de miedo por si estás muerta al perder la conciencia en el suelo y el deseo de no querer parar de esa bestia que clama al cielo que le das igual.
Y se acaba uniendo este rojo oscuro con el que ya hay entre tus piernas, se unen formando un río finito que nadie quiere mirar porque la realidad les asquea.
Toda esa marejada se agolpa tras mis párpados 24h al día y aún me dicen que sonría.
Y obedezco.
Y finjo.
Y niego.
Y me muero un poco más por dentro.
Florezco con moratones púrpuras y entre los pétalos se queda la semilla del recuerdo, se me caen las espinas todos los días para que todas las noches vuelvan a crecer y fingir que mi piel no es espinada, siendo siempre el mismo cuento.
Y a oscuras una voz te invita a café y tú ríes, y parece que a sus siguientes palabras dices "gracias" pero no entiende el chiste: se ha asomado y ha visto la punta del iceberg y no le ha importado.

domingo, 2 de agosto de 2015

Negra flama

El polvo alza el vuelo con la fría brisa vespertina, como si fuese una bocanada de hielo que me saluda cuando paso. El polvo se mueve a escondidas, deseando ser la ceniza incendiaria de un cuerpo latente. El polvo desea ser pólvora intrínseca, detonando a toda prisa la ciudad de hueso que se extiende ante mis pies.

Y camino por las calles llenas de niebla, de copos de nieve que no se arraigan a la tierra. Camino entre fantasmas escrutadores que visten con pieles muertas y poseen una mente irreflexiva, son los reflejos del fracaso evolutivo, son las teorías darwinistas atravesadas por un balazo. A mi caminar tranquilo lo señalan y susurran entre ellos, siendo máquinas llenas de ponzoña, víboras sin vida propia llenas de veneno.

Hoy no me importa. He tomado suficientes pastillas con alcohol para desayunar y no me asustan. Soy otro fantasma miserable que pulula solitariamente, haciendo caso omiso de sus burlas. Hoy soy la muerte que deambula con unas viejas zapatillas, contoneándose sensualmente al realizar su danza matutina. Hoy llevo puesta la media sonrisa llena de espanto, mientras busco la próxima víctima. Hoy he salido de la tumba buscando celebrar la descarga eléctrica con la extensión de mi alma, reconociendo que este abismo oscuro no me mata.

Voy a desatar la crueldad mediática en ciernes sobre mi carne pálida, voy a encender una cerilla y quemarme en mi propia hoguera. Seré el reo de muerte gritando de placer antes de morir. Que arda este circo del horror hasta que no quede ni una ánima, que al atardecer seré polvo flotante, polvo liberado, un cadáver ausente, un objeto inanimado.

Son los nervios asfixiándose los que atraviesan el nudo de mi garganta como si fuesen flechas negras. Las plumas de cuervo brotan por mi cuerpo, la esencia de mi carne se subleva. No va a seguir el orden establecido: mis pasos darán hoy el salto al abismo.
La negra flama ha entrado en ebullición en mi pecho. Estoy en lo alto de la torre contemplando el suelo. Hoy la lluvia será carmesí para poder desquitarme el frenesí que se retuerce en busca de alimento. Desde la ventana y por el techo, hoy santificaré mi podrido talento en busca de una paz que me quite el anhelo.

Hoy la negra flama me arranca mi deprimente vida y la engulle como sustento, creando altas llamas que aviven el fuego, trepando por mis cenizas para poder llegar al cielo.

martes, 28 de abril de 2015

Conversaciones guionadas: Parte VI

*Volvió a casa llorando y se miró en el espejo*

Ella: Me acaban de romper.
Reflejo: ¿En cuántas sombras?
Ella: En miles de millones.
Reflejo: ¿Cómo fue?
Ella: Potencialmente doloroso. Se me abrió un agujero en el pecho y sólo salía luz negra.
Reflejo: ¿Cuál fue el motivo?
Ella: Me dejaron a merced de la soledad, se fue y me dejó aquí, sola.
Reflejo: ¿Estás segura?
Ella: Sí. No salió de su casa, no cogió el teléfono y ni siquiera volvió a pensar en verme. Dijo que la noche sería mejor si durmiese junto a mi cuerpo, y no he vuelto a asomarme a sus ojos.
Reflejo: ¿No habías abandonado a su boca en un bar?
Ella: No, quizá. *mira nerviosamente alrededor* ¡Tengo razón!
Reflejo: ¿Y por qué te estás cuestionando lo sucedido, si lo has hecho bien o no?
Ella: Porque estoy sola.
Reflejo: ¿Volvemos al punto de partida? ¿Alguna vez no creerás que puedas saber los motivos de actuar del resto?
Ella: *golpea el reflejo, fragmentándolo en pedazos. Ella se desarma en miles de cristales.*

viernes, 20 de febrero de 2015

Él es Montmartre

Estoy delante de una página en blanco. Estoy delante de una página en blanco, como aquel día en la estación. Llevo incluso la misma ropa: los vaqueros negros de cintura alta, la camisa grande de cuadros negros y las botas de cuero. Pero hoy es diferente, hoy no voy a jugar con la magia de la memoria. Hoy hay un pajarito escondido bajo el cobre de mi pelo diciéndome al oído todo lo que anoche ha ocurrido, ¡como si tuviese una horrible resaca y no recordara nada! Pero la verdad es que sí que lo recuerdo. Y va sonando al compás de mi memoria "Doll Parts", de Hole, sintiéndome como la única desgraciada que entiende a Courtney Love. Son los tres minutos y treinta y un segundos más significativos y angustiosos de mi vida. No sé si he ganado o he perdido. También, Eduardo Galeano ha hecho el honor de visitar mis pensamientos diciéndome que él también ha tenido pajaritos así, como los míos, con eso de "a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias". Y sé que es cierto.

Me he visto en sus ojos reflejada y ha sido la milésima de segundo más bonita de mi estancia en esta ciudad. Y le veo, le veo a él, le abrazo, y veo Montmartre en su sonrisa; Montmartre, la idílica comuna, el lugar de los artistas, la cuna del movimiento obrero moderno, el paisaje que a tantos inspira. Es Montmartre acompañada de café en un rincón mientras mis dedos juegan nerviosamente con el azúcar que queda sobre la mesa, mientras le oigo hablar sobre cualquier cosa, mientras me río como una idiota. Porque es eso, reír felizmente, sin sentirse forzada, sin haber tomado ningún estupefaciente.

Y llega por sorpresa ante mi puerta de noche, y quiero besarle con muchas ganas. Pero le doy el beso más lento del mundo, como si fuésemos artistas del circo francés. Y al levantar los párpados ahí sigue él, mirándome, sonriéndome en la oscuridad del rellano, al pie de la escalera. Y en ese momento me hincho de tanta felicidad que me da miedo caminar por si no es cierto. Le miro y es igual de bonito que las calles de Montmartre con las luz de las tres de la tarde en un caluroso septiembre. Cada vez que habla, su voz es como el aire que se respira en el cementerio de Montmartre, la ciudad de hueso, la sepultura de mitos literarios y artísticos. Cada vez que habla, impregna el aire que respiro de historias que no tienen remedio.

Se mete en mi cama, conmigo, rozando piel con piel y jugando con mi ombligo, pidiéndome que clave mis dientes de hierro fundido del norte en su cuello porque según él le van a hacer subir al cielo de un golpe. Y me toca de la manera que sólo él sabe, con la delicadeza llena de ferocidad que lo caracterizan, teniendo un talento natural que no puede aprender ningún artista. Se convierte en Montmartre, la incendiaria, con sus espectáculos subidos de tono, el elegante burlesque en estado puro. Es Montmartre, la libertina, cada vez que nuestras pieles se cruzan desnudas sin seguir ninguna premisa.

Él es como mi recuerdo idealizado de Montmartre en otoño. Lo veo bonito en mi cabeza, con el sol cayendo sobre el Sena desde algún rincón del Sagrado Corazón. Pero omito radicalmente los empujones de los turistas, los carteristas acechando en cualquier momento, el agobio y el horror de la gente mendigando entre los artistas...
Le miro y se me olvida el miedo, porque omito todo eso, porque lo tapo y me lo guardo, porque lo sé y me lo callo. Pero sigue ahí, bajo la piel, esperando florecer y decirle que soy insuficiente para él.
Mi cabeza sigue ahí, seccionando mi cuerpo en miembros de muñeca de porcelana, los cuales etiquetaré y envolveré para enviárselos, explicándole en un sobre lacrado que algún día reuniré el valor necesario para decirle que soy suficiente.

lunes, 2 de febrero de 2015

La pálida silueta

Qué dulzura tiene el dolor para que te atrape siempre entre sus lazos de esta manera, deshaciéndote las entrañas con agujas de marfil, torturándote poquito a poco, desarmándote de una manera cobarde y vil. Qué oscuro sigue siendo el tramo que atraviesas, qué viento fiero es el de dentro de tu ratonera que hace que se apaguen tus velas. Qué estúpida eres.
Caminas descalza sobre tus cristales rotos, lanzando besos al aire, creyendo que la sangre que brota de tu piel blanca son pétalos de rosas rojas florecidas un ajado octubre que ya expiró. Vas con tus palabras que nadie entiende, formulando una retahíla sin sentido alguno, un amuleto, un ritual, una nana que no puedes cantar. Estás tan jodida que no puedes mirar la luz que cae sobre su mirada, su sonrisa que te atraviesa como una espada. ¿Cuál ha sido el órgano putrefacto que le ha encandilado?

Voy a pedirte perdón. [Perdón por todo lo que aún no te he hecho.] Un lo siento por si te hiero. Otro por si te decepciono. Una lágrima por cada fallo y un verso por el posible abandono. Te confesaré en un silencio ahogado que esto me da miedo, que no quiero hacerte daño. Soy como la botella de veneno que ha perdido su etiquetado. Me estás diciendo que vaya directa hacia tus brazos, pero estoy en una cuerda floja y soy la peor trapecista del mundo. Me estás pidiendo que te de la mano y resulta que aún no sé caminar en estos zapatos. Y yo no sé si el tiempo va deprisa o despacio, no sé si hago mal o bien, porque no quiero herir a nadie otra vez. No quiero sentirme culpable bajo el manto de tus pecas ni bajo la hiedra de tus besos. No soy lo suficientemente buena para una persona que ha sabido mirar más allá del halo de mis pestañas. No merezco el cariño de las caricias de tus manos, porque sé que en algún momento te acabarás clavando las espinas de mi cuerpo.

Y aún así, a pesar de todo esto, quieres estar entres mis sábanas a oscuras, con luces, con rituales de humo y caminos de fuego. Con velas o sin ellas, dándome besos de madrugada o al despertar. No puedo evitar sentirme idiota al notar esas mariposas abrirse camino cuando mis ojos se cruzan contigo. No es bonito, es estúpido.

Sigo desangrándome a martillazos las ideas, pidiendo que este dolor, esta inseguridad, acabe ya, que yo ya no puedo más. Yo no tengo intención alguna de disparar la flecha que desenlace tu fácil descenso a la oscuridad. Pero recuerda que soy la chica que mientras llora vomita tinta negra sobre tus páginas, soy la pálida silueta que choca tambaleante contra tus palabras, la que ahoga el sufrimiento en alcohol. Soy esa idiota.

Nunca debiste de mirar con ternura a la sombra que calza mi espalda.

martes, 13 de enero de 2015

Nunca es mi nombre

Buenos días, sol naciente. Buenos días, qué ganas de verte, que bonito recibirte de mañana, que bueno que te acuerdes de mi estelada. Hoy madrugué en la mañana para saludarte, invitarte a café o si prefieres, chocolate. Madrugué para verte y soñar despierta con besarte. Y es que en la mañana soy más sensible a tu sabor a sidra y a la maleza del mirarte.

Quiero que tomemos otra vez cerveza de mañana, cantemos una vieja canción de folk. Quiero poder decirte que deseo que dormir a tu vera, que quiero sujetar tu sueño entre mis manos y entre las velas,
que esta tarde ya no habrá dolor. Voy a decirte que soy una historia vieja que aún no conoces, que mis cubiertas están gastadas y dolidas. Soy una chica de ojos tristes, que aún no ha encontrado a quién quería.

Y de nuevo, a la mañana, saldremos a la calle, con un fuego latente, un incendio incontrolable, un deseo irrefrenable de intentar cambiar el mundo, de intentar deshacer el nudo. Y cuando pongan su fusil contra mi garganta, querré cerrar los ojos e imaginar que estás a mi lado, que la reuma de tu recuerdo se levanta. Que gritarás para nombrar "que a la lucha sigue la libertad de mi compañera". Que el viento del pueblo se levante y forme una marea, una marea llena de pobres que quieran cambio verdadero y caminen distinto, y que luego, sobre la victoria, brinden con especias y vino. Que la guerrilla prosiga, que la lideren las tierras y sus hijas, que les guíe la valentía buscando su propia justicia.

A la mañana, cuando despierte con cuarenta barrotes escupidos a la cara, no habrá candado sin llave ni cerradura que me abra. Y soñaré, soñaré despierta y descalza con reposar mi cabeza sobre la hendidura de tu pecho, llena de trastos, tristezas, cerillas y muebles viejos, rezándole al viento para que me convenza de que es la mejor almohada. Los ratones y el frío harán de mí su hogar, y cuando no lo soporte más, dirán que soy la cuerda que hace falta para respirar. Y mi piel será gris y escarchada, y a falta de besos, tendré traperas puñaladas. Pero llenaré mis pulmones de aire una vez más, sacaré fuerzas del vinagre de sidra para poder resistir al veneno de agua santa con el que llenan la panza de sus balas.

De mañana volveré a despertar entre delicados rayos de luz, seré la puta santa crucificada por éxtasis en su cruz. Seré la madre del hambre, la protectora encomendada del pobre. De domingo seré Santa Bárbara con dinamita en el pecho, a punto de estallarme el alma porque te echo de menos. Y de la que salte con el viento, me liberaré, purificada y bendecida por dentro. Volveré a dormir en las frías nieves de enero, volveré a buscar un libro que leer entero. Me quedaré esperando -gastando tiempo, gastando minutos- a que el sol que se refleja en tus ojos se quede quieto y desate el diluvio. Que el agua riegue nuestros campos, que mueva montañas, que forme protestas. Que una a personas y diluya todas sus diferencias. Que hagan amainar la tormenta de la pobreza.

Mañana resucitaré, con cuentas en el cuello y copazos de ginebra, volveré vibrante predicando que estoy viva y sedienta. Y me perderé en la marea de cuerpos, recorriendo la calle sin brujos ni mapas, sin huesos de chamanes, cuyo espíritu del mal siga protegiendo, para el norte sin descanso, siempre subiendo. Al paso se me formarán una orgía de olores y sabores, del humo y sal de tu cuerpo, de maullidos que entre cartas revelan a los perdedores, de la cera que de la piel se va desprendiendo, apurando mi pequeño fuego, la llama y el dulzor que a mí me tienta. Y cuando el miedo me alcance, sabré que habré llegado al lugar de la desesperanza, a un sitio que se impacienta por rebuscar en mí las respuestas. Y allá entre colinas de ceniza, veré tu silueta, con la boca tapada y la espalda descubierta. Iré corriendo a buscarte en la tarde y a trepar por entre tus venas, pero lo cierto es que ya no quieres depositar tus besos entre mis piernas. Yo ya no estoy a tu lado, estoy exiliada como compañera. No volveremos a hacer el amor bajo un olivo, porque ya estoy bien lejos, en el frío olvido. Y acabaré empapando las caricias de tu espalda del recuerdo con los ojitos cerrados, rizando las pestañas sin ganas, siendo la mala hierba que desea abandonar su cuerpo.

Ya no son mis horas, ni mi destino, ni la brecha abierta que resiste al cataclismo de un torbellino. Nunca es mi susurro ni mi anhelo, porque nunca es mi nombre.