lunes, 2 de febrero de 2015

La pálida silueta

Qué dulzura tiene el dolor para que te atrape siempre entre sus lazos de esta manera, deshaciéndote las entrañas con agujas de marfil, torturándote poquito a poco, desarmándote de una manera cobarde y vil. Qué oscuro sigue siendo el tramo que atraviesas, qué viento fiero es el de dentro de tu ratonera que hace que se apaguen tus velas. Qué estúpida eres.
Caminas descalza sobre tus cristales rotos, lanzando besos al aire, creyendo que la sangre que brota de tu piel blanca son pétalos de rosas rojas florecidas un ajado octubre que ya expiró. Vas con tus palabras que nadie entiende, formulando una retahíla sin sentido alguno, un amuleto, un ritual, una nana que no puedes cantar. Estás tan jodida que no puedes mirar la luz que cae sobre su mirada, su sonrisa que te atraviesa como una espada. ¿Cuál ha sido el órgano putrefacto que le ha encandilado?

Voy a pedirte perdón. [Perdón por todo lo que aún no te he hecho.] Un lo siento por si te hiero. Otro por si te decepciono. Una lágrima por cada fallo y un verso por el posible abandono. Te confesaré en un silencio ahogado que esto me da miedo, que no quiero hacerte daño. Soy como la botella de veneno que ha perdido su etiquetado. Me estás diciendo que vaya directa hacia tus brazos, pero estoy en una cuerda floja y soy la peor trapecista del mundo. Me estás pidiendo que te de la mano y resulta que aún no sé caminar en estos zapatos. Y yo no sé si el tiempo va deprisa o despacio, no sé si hago mal o bien, porque no quiero herir a nadie otra vez. No quiero sentirme culpable bajo el manto de tus pecas ni bajo la hiedra de tus besos. No soy lo suficientemente buena para una persona que ha sabido mirar más allá del halo de mis pestañas. No merezco el cariño de las caricias de tus manos, porque sé que en algún momento te acabarás clavando las espinas de mi cuerpo.

Y aún así, a pesar de todo esto, quieres estar entres mis sábanas a oscuras, con luces, con rituales de humo y caminos de fuego. Con velas o sin ellas, dándome besos de madrugada o al despertar. No puedo evitar sentirme idiota al notar esas mariposas abrirse camino cuando mis ojos se cruzan contigo. No es bonito, es estúpido.

Sigo desangrándome a martillazos las ideas, pidiendo que este dolor, esta inseguridad, acabe ya, que yo ya no puedo más. Yo no tengo intención alguna de disparar la flecha que desenlace tu fácil descenso a la oscuridad. Pero recuerda que soy la chica que mientras llora vomita tinta negra sobre tus páginas, soy la pálida silueta que choca tambaleante contra tus palabras, la que ahoga el sufrimiento en alcohol. Soy esa idiota.

Nunca debiste de mirar con ternura a la sombra que calza mi espalda.

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