jueves, 21 de noviembre de 2013

La cerilla

Una cerilla intermitente en la oscuridad que cuando ilumina forma imágenes totalmente diferentes: tu cara y la mía. Una melodía calmante y agitada en la penumbra, nuestros latidos. Un líquido oscuro con sabor a hierro que borbota de nuestros cuerpos: la sangre. La luz está a oscuras durante cinco minutos, luego se ilumina pero siempre, SIEMPRE oscila sobre sí misma, como una bola perfecta.

Y mientras bailamos buscando esa luz complicada e impura, a oscuras te estrecho contra mí en un intento de oler tu pecho, de devorar tus miedos. Y con acritud, salitre y hierro, te alejas de mí, has encontrado una luciérnaga diminuta que no sabes con seguridad adonde te llevará; y todo con tal de no volver a asomarte a mi mirada jamás.

A veces la quiero más que a nada… pero es muy difusa y turbulenta, igual de pragmática que etérea, igual de incendiaria que magnética. Es la fotógrafa de las impurezas, la correctora de las divinas flaquezas.

Y de esos ojos verdosos, de esa boca placentera siempre emana, duradera, la libertad que busco. ¿Por qué? Porque sus espejos son estanques y sus vestidos de alta costura están hechos con hojas, porque sabe que la tierra sufre y que algún día tendrá que salir a la calle a boca de revolución con esa luz que persigue, con esa cerilla junto a una lata de gasolina para hacerse respetar en esta puta comedia nacional. Su voz y sus palabras serán más fuertes que cualquier barrote, que cualquier cadena.


Y será el viento quien revuelva sus cabellos, porque es indomable e impredecible, es el tipo de chica que con un beso desatornilla cualquier clavo sujeto a tus pedazos de vida.

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