Mostrando entradas con la etiqueta mayo williams. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mayo williams. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de agosto de 2015

Negra flama

El polvo alza el vuelo con la fría brisa vespertina, como si fuese una bocanada de hielo que me saluda cuando paso. El polvo se mueve a escondidas, deseando ser la ceniza incendiaria de un cuerpo latente. El polvo desea ser pólvora intrínseca, detonando a toda prisa la ciudad de hueso que se extiende ante mis pies.

Y camino por las calles llenas de niebla, de copos de nieve que no se arraigan a la tierra. Camino entre fantasmas escrutadores que visten con pieles muertas y poseen una mente irreflexiva, son los reflejos del fracaso evolutivo, son las teorías darwinistas atravesadas por un balazo. A mi caminar tranquilo lo señalan y susurran entre ellos, siendo máquinas llenas de ponzoña, víboras sin vida propia llenas de veneno.

Hoy no me importa. He tomado suficientes pastillas con alcohol para desayunar y no me asustan. Soy otro fantasma miserable que pulula solitariamente, haciendo caso omiso de sus burlas. Hoy soy la muerte que deambula con unas viejas zapatillas, contoneándose sensualmente al realizar su danza matutina. Hoy llevo puesta la media sonrisa llena de espanto, mientras busco la próxima víctima. Hoy he salido de la tumba buscando celebrar la descarga eléctrica con la extensión de mi alma, reconociendo que este abismo oscuro no me mata.

Voy a desatar la crueldad mediática en ciernes sobre mi carne pálida, voy a encender una cerilla y quemarme en mi propia hoguera. Seré el reo de muerte gritando de placer antes de morir. Que arda este circo del horror hasta que no quede ni una ánima, que al atardecer seré polvo flotante, polvo liberado, un cadáver ausente, un objeto inanimado.

Son los nervios asfixiándose los que atraviesan el nudo de mi garganta como si fuesen flechas negras. Las plumas de cuervo brotan por mi cuerpo, la esencia de mi carne se subleva. No va a seguir el orden establecido: mis pasos darán hoy el salto al abismo.
La negra flama ha entrado en ebullición en mi pecho. Estoy en lo alto de la torre contemplando el suelo. Hoy la lluvia será carmesí para poder desquitarme el frenesí que se retuerce en busca de alimento. Desde la ventana y por el techo, hoy santificaré mi podrido talento en busca de una paz que me quite el anhelo.

Hoy la negra flama me arranca mi deprimente vida y la engulle como sustento, creando altas llamas que aviven el fuego, trepando por mis cenizas para poder llegar al cielo.

viernes, 20 de febrero de 2015

Él es Montmartre

Estoy delante de una página en blanco. Estoy delante de una página en blanco, como aquel día en la estación. Llevo incluso la misma ropa: los vaqueros negros de cintura alta, la camisa grande de cuadros negros y las botas de cuero. Pero hoy es diferente, hoy no voy a jugar con la magia de la memoria. Hoy hay un pajarito escondido bajo el cobre de mi pelo diciéndome al oído todo lo que anoche ha ocurrido, ¡como si tuviese una horrible resaca y no recordara nada! Pero la verdad es que sí que lo recuerdo. Y va sonando al compás de mi memoria "Doll Parts", de Hole, sintiéndome como la única desgraciada que entiende a Courtney Love. Son los tres minutos y treinta y un segundos más significativos y angustiosos de mi vida. No sé si he ganado o he perdido. También, Eduardo Galeano ha hecho el honor de visitar mis pensamientos diciéndome que él también ha tenido pajaritos así, como los míos, con eso de "a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias". Y sé que es cierto.

Me he visto en sus ojos reflejada y ha sido la milésima de segundo más bonita de mi estancia en esta ciudad. Y le veo, le veo a él, le abrazo, y veo Montmartre en su sonrisa; Montmartre, la idílica comuna, el lugar de los artistas, la cuna del movimiento obrero moderno, el paisaje que a tantos inspira. Es Montmartre acompañada de café en un rincón mientras mis dedos juegan nerviosamente con el azúcar que queda sobre la mesa, mientras le oigo hablar sobre cualquier cosa, mientras me río como una idiota. Porque es eso, reír felizmente, sin sentirse forzada, sin haber tomado ningún estupefaciente.

Y llega por sorpresa ante mi puerta de noche, y quiero besarle con muchas ganas. Pero le doy el beso más lento del mundo, como si fuésemos artistas del circo francés. Y al levantar los párpados ahí sigue él, mirándome, sonriéndome en la oscuridad del rellano, al pie de la escalera. Y en ese momento me hincho de tanta felicidad que me da miedo caminar por si no es cierto. Le miro y es igual de bonito que las calles de Montmartre con las luz de las tres de la tarde en un caluroso septiembre. Cada vez que habla, su voz es como el aire que se respira en el cementerio de Montmartre, la ciudad de hueso, la sepultura de mitos literarios y artísticos. Cada vez que habla, impregna el aire que respiro de historias que no tienen remedio.

Se mete en mi cama, conmigo, rozando piel con piel y jugando con mi ombligo, pidiéndome que clave mis dientes de hierro fundido del norte en su cuello porque según él le van a hacer subir al cielo de un golpe. Y me toca de la manera que sólo él sabe, con la delicadeza llena de ferocidad que lo caracterizan, teniendo un talento natural que no puede aprender ningún artista. Se convierte en Montmartre, la incendiaria, con sus espectáculos subidos de tono, el elegante burlesque en estado puro. Es Montmartre, la libertina, cada vez que nuestras pieles se cruzan desnudas sin seguir ninguna premisa.

Él es como mi recuerdo idealizado de Montmartre en otoño. Lo veo bonito en mi cabeza, con el sol cayendo sobre el Sena desde algún rincón del Sagrado Corazón. Pero omito radicalmente los empujones de los turistas, los carteristas acechando en cualquier momento, el agobio y el horror de la gente mendigando entre los artistas...
Le miro y se me olvida el miedo, porque omito todo eso, porque lo tapo y me lo guardo, porque lo sé y me lo callo. Pero sigue ahí, bajo la piel, esperando florecer y decirle que soy insuficiente para él.
Mi cabeza sigue ahí, seccionando mi cuerpo en miembros de muñeca de porcelana, los cuales etiquetaré y envolveré para enviárselos, explicándole en un sobre lacrado que algún día reuniré el valor necesario para decirle que soy suficiente.

lunes, 2 de febrero de 2015

La pálida silueta

Qué dulzura tiene el dolor para que te atrape siempre entre sus lazos de esta manera, deshaciéndote las entrañas con agujas de marfil, torturándote poquito a poco, desarmándote de una manera cobarde y vil. Qué oscuro sigue siendo el tramo que atraviesas, qué viento fiero es el de dentro de tu ratonera que hace que se apaguen tus velas. Qué estúpida eres.
Caminas descalza sobre tus cristales rotos, lanzando besos al aire, creyendo que la sangre que brota de tu piel blanca son pétalos de rosas rojas florecidas un ajado octubre que ya expiró. Vas con tus palabras que nadie entiende, formulando una retahíla sin sentido alguno, un amuleto, un ritual, una nana que no puedes cantar. Estás tan jodida que no puedes mirar la luz que cae sobre su mirada, su sonrisa que te atraviesa como una espada. ¿Cuál ha sido el órgano putrefacto que le ha encandilado?

Voy a pedirte perdón. [Perdón por todo lo que aún no te he hecho.] Un lo siento por si te hiero. Otro por si te decepciono. Una lágrima por cada fallo y un verso por el posible abandono. Te confesaré en un silencio ahogado que esto me da miedo, que no quiero hacerte daño. Soy como la botella de veneno que ha perdido su etiquetado. Me estás diciendo que vaya directa hacia tus brazos, pero estoy en una cuerda floja y soy la peor trapecista del mundo. Me estás pidiendo que te de la mano y resulta que aún no sé caminar en estos zapatos. Y yo no sé si el tiempo va deprisa o despacio, no sé si hago mal o bien, porque no quiero herir a nadie otra vez. No quiero sentirme culpable bajo el manto de tus pecas ni bajo la hiedra de tus besos. No soy lo suficientemente buena para una persona que ha sabido mirar más allá del halo de mis pestañas. No merezco el cariño de las caricias de tus manos, porque sé que en algún momento te acabarás clavando las espinas de mi cuerpo.

Y aún así, a pesar de todo esto, quieres estar entres mis sábanas a oscuras, con luces, con rituales de humo y caminos de fuego. Con velas o sin ellas, dándome besos de madrugada o al despertar. No puedo evitar sentirme idiota al notar esas mariposas abrirse camino cuando mis ojos se cruzan contigo. No es bonito, es estúpido.

Sigo desangrándome a martillazos las ideas, pidiendo que este dolor, esta inseguridad, acabe ya, que yo ya no puedo más. Yo no tengo intención alguna de disparar la flecha que desenlace tu fácil descenso a la oscuridad. Pero recuerda que soy la chica que mientras llora vomita tinta negra sobre tus páginas, soy la pálida silueta que choca tambaleante contra tus palabras, la que ahoga el sufrimiento en alcohol. Soy esa idiota.

Nunca debiste de mirar con ternura a la sombra que calza mi espalda.

martes, 13 de enero de 2015

Nunca es mi nombre

Buenos días, sol naciente. Buenos días, qué ganas de verte, que bonito recibirte de mañana, que bueno que te acuerdes de mi estelada. Hoy madrugué en la mañana para saludarte, invitarte a café o si prefieres, chocolate. Madrugué para verte y soñar despierta con besarte. Y es que en la mañana soy más sensible a tu sabor a sidra y a la maleza del mirarte.

Quiero que tomemos otra vez cerveza de mañana, cantemos una vieja canción de folk. Quiero poder decirte que deseo que dormir a tu vera, que quiero sujetar tu sueño entre mis manos y entre las velas,
que esta tarde ya no habrá dolor. Voy a decirte que soy una historia vieja que aún no conoces, que mis cubiertas están gastadas y dolidas. Soy una chica de ojos tristes, que aún no ha encontrado a quién quería.

Y de nuevo, a la mañana, saldremos a la calle, con un fuego latente, un incendio incontrolable, un deseo irrefrenable de intentar cambiar el mundo, de intentar deshacer el nudo. Y cuando pongan su fusil contra mi garganta, querré cerrar los ojos e imaginar que estás a mi lado, que la reuma de tu recuerdo se levanta. Que gritarás para nombrar "que a la lucha sigue la libertad de mi compañera". Que el viento del pueblo se levante y forme una marea, una marea llena de pobres que quieran cambio verdadero y caminen distinto, y que luego, sobre la victoria, brinden con especias y vino. Que la guerrilla prosiga, que la lideren las tierras y sus hijas, que les guíe la valentía buscando su propia justicia.

A la mañana, cuando despierte con cuarenta barrotes escupidos a la cara, no habrá candado sin llave ni cerradura que me abra. Y soñaré, soñaré despierta y descalza con reposar mi cabeza sobre la hendidura de tu pecho, llena de trastos, tristezas, cerillas y muebles viejos, rezándole al viento para que me convenza de que es la mejor almohada. Los ratones y el frío harán de mí su hogar, y cuando no lo soporte más, dirán que soy la cuerda que hace falta para respirar. Y mi piel será gris y escarchada, y a falta de besos, tendré traperas puñaladas. Pero llenaré mis pulmones de aire una vez más, sacaré fuerzas del vinagre de sidra para poder resistir al veneno de agua santa con el que llenan la panza de sus balas.

De mañana volveré a despertar entre delicados rayos de luz, seré la puta santa crucificada por éxtasis en su cruz. Seré la madre del hambre, la protectora encomendada del pobre. De domingo seré Santa Bárbara con dinamita en el pecho, a punto de estallarme el alma porque te echo de menos. Y de la que salte con el viento, me liberaré, purificada y bendecida por dentro. Volveré a dormir en las frías nieves de enero, volveré a buscar un libro que leer entero. Me quedaré esperando -gastando tiempo, gastando minutos- a que el sol que se refleja en tus ojos se quede quieto y desate el diluvio. Que el agua riegue nuestros campos, que mueva montañas, que forme protestas. Que una a personas y diluya todas sus diferencias. Que hagan amainar la tormenta de la pobreza.

Mañana resucitaré, con cuentas en el cuello y copazos de ginebra, volveré vibrante predicando que estoy viva y sedienta. Y me perderé en la marea de cuerpos, recorriendo la calle sin brujos ni mapas, sin huesos de chamanes, cuyo espíritu del mal siga protegiendo, para el norte sin descanso, siempre subiendo. Al paso se me formarán una orgía de olores y sabores, del humo y sal de tu cuerpo, de maullidos que entre cartas revelan a los perdedores, de la cera que de la piel se va desprendiendo, apurando mi pequeño fuego, la llama y el dulzor que a mí me tienta. Y cuando el miedo me alcance, sabré que habré llegado al lugar de la desesperanza, a un sitio que se impacienta por rebuscar en mí las respuestas. Y allá entre colinas de ceniza, veré tu silueta, con la boca tapada y la espalda descubierta. Iré corriendo a buscarte en la tarde y a trepar por entre tus venas, pero lo cierto es que ya no quieres depositar tus besos entre mis piernas. Yo ya no estoy a tu lado, estoy exiliada como compañera. No volveremos a hacer el amor bajo un olivo, porque ya estoy bien lejos, en el frío olvido. Y acabaré empapando las caricias de tu espalda del recuerdo con los ojitos cerrados, rizando las pestañas sin ganas, siendo la mala hierba que desea abandonar su cuerpo.

Ya no son mis horas, ni mi destino, ni la brecha abierta que resiste al cataclismo de un torbellino. Nunca es mi susurro ni mi anhelo, porque nunca es mi nombre.

viernes, 17 de octubre de 2014

La chica mecánica

Parece ser que las teclas de la máquina de escribir me las han clavado en el esternón. ¡Qué apuro tener que escribir y no poder vivir! Cada vez que las acaricias no me parece ningún dulzor y mi mecanismo emocional chirría con dolor.

Ya no soy ningún colibrí que vuele tras tu sonrisa. Ya no soy ningún verso que cabalgue sobre tu espalda. Soy un cuerpo sin días y la esperanza me mata. Mi recuerdo quedó prendado de tu camisa, llevándose consigo el café y los bollos de harina; y aunque te regrese mi yo a tu cabeza, no sería nada lo mismo, porque yo no tengo intención alguna de escribir de nuevo la misma historia, historia con curvas y nudos, historia que ya está rota.

Todo era impuro y bonito cuando tu saliva corría libre por mi espalda, limpiando mi piel mientras el sol arañaba tu cara. Pero por tus raíces, mis flores; mi maquinaría y tu fauna; he sido convertida en la chica mecánica. Mis latidos son bombeados por una bañera corroída, donde se vierten ingredientes y sentimientos que fingen dar vida.

Nunca he sido el brillo de tus ojos ni la estrella opaca que guardas con recelo bajo la cama, sólo fui un pensamiento fugaz, cargado, pero que se olvidó con un suspiro mientras exhalabas el humo de uno de tus cigarros. No seré más la paja que estorbe en tu oído, porque para ti nunca he existido, como mucho para ti he sido un sueño de una noche de verano.

Y en eso me he quedado, en ser un "buenas noches" y un completo bicho raro con injertos mecánicos que ya has olvidado.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Teléfono rojo

La mano pálida alcanza el teléfono rojo y realiza una llamada en secreto, por la noche y a susurros.

Hola, soy yo, la chica que hace diez meses y medio que no ves. Soy la chica a la que llamabas pelirroja con toda la ternura que cabía en tu sonrisa, sonrisa que acababa coloreando mi nuca como si derramases zumo de frambuesas sobre ella; la chica de la que parece que te has olvidado. No te culpo, has estado ocupado resolviendo tus problemas y trabajando, y sé que entremedias te quedaba poco tiempo y que decidiste emplearlo en tiempo para ti y tus solitarios pensamientos. Hace mucho que no nos vemos, hace mucho que no hablamos, hace mucho, mucho, que no soñamos y, mucho más aún, que no jugamos. Ojalá todo fuese como antes. O mejor, o poder cambiarlo, así intentaría cambiar los momentos vacíos en los que tú no has estado.

Sé que es tarde y ya estás dormido, o quizás estés cuidando de tus plantas o recuperando con otra persona el tiempo perdido. Quizá me haya equivocado de número y esto sólo lo escuche tu madre, o peor aún, esté hablando a solas con el contestador. Pero tampoco me importa tanto, porque es como dar un pasito más cerca de tu bonita voz.

Reconozco que te echo de menos, a ti y a tu mirada verdosa atigrada, a tus dedos por mi columna y como de repente desviaban su trayectoria hacia mis costillas, buscando mi atención. ¿Recuerdas tu camisa rota colgando del balcón? Y nosotros ahí desnudos, tendidos en el suelo, riéndonos como críos, fumando sin control. Ahí me dijiste que aunque aquí siempre lloviese, te encantaba este lugar, porque así tenías la excusa perfecta para palpar el sol naciente de entre mis piernas. Y en la primera verbena de verano en la que nos volvimos a reencontrar, nos dimos miles de besines en el cuello que descendían hacia mi ombligo como una hilera de hormigas, fumamos, hablamos y bebimos unas cuantas birras, hasta que nos volvimos a separar, sin dejar señales ni migas de pan.

Puede que no estés siempre a mi vera, pero apareces cuando lo necesito, como el otro día, que en sueños me pediste irme a vivir contigo delante de tu familia y amigos. Quiero volver al estanque donde jugábamos cuando eramos pequeños, quiero que ahí me abraces y me digas que en ese instante el mundo es nuestro, aunque huyas del compromiso como de la peste, aunque te de miedo que te digan "te quiero". Quiero que cuando vuelva a tener una caída con dos metros de trayecto y sierras y cuchillas acompañen el descenso, sea tu colchón el que me recoja; y que cuando mis pulmones griten del dolor, seas tú el primero en oír ese sonido hueco lleno de quemazón.

Que el sonido seco y sordo de tu tos acabe por mezclarse con el almizcle de mi garganta, porque la puerta cerrada de tu habitación a oscuras no quiere ver más avalanchas. No vuelvas a hacer de tu sillón un fuerte aislado en el que sobrevives a base de pizza recalentada y ciencia ficción, estás tirando todo tu tiempo por la borda y a los veinticinco no puedes pedir tu prejubilación. Vives constantemente en un jardín de días verdes, buscando relajarte mientras fumas la pipa de la paz. Sólo te faltan las alucinaciones, la armadura y los molinos para pedirme que sea tu Sancho, que ande tu camino. Y es que vives en una utopía que corta el riego de la sangre de tu propia vida; y si no sabes vivir sin ella, no te preocupes, yo me mudo contigo, que el horizonte me haga caminar siguiendo los restos de tus hilos.

Me da miedo ocupar toda la cinta de tu contestador y que me queden cosas por decir, que no reconozcas mi voz -como tantas veces te ha pasado- o que borres directamente este mensaje. Pero aquí estoy, una vez más, esperando a que Rocinante deje de correr veloz por tus venas. Despierta de una vez, pequeño fantasma, te hablo para que le des una vuelta de tuerca a tu cabeza. Y si estallo en retales de carcajadas, es de puro nerviosismo, porque no tengo respuesta. Porque he perdido la electricidad de mi mirada en el fondo de tu armario, la chispa de mi imaginario se quedó resbalando por tus vasos. Y mi estabilidad ha salido huyendo a esconderse del hombre del saco.

Y aún así, sólo una quinta parte de ti me echa en falta, las otras cuatro parece que me tienen obnubilada. Me da miedo caer en la bruma de tu olvido, como quien nada en las lagunas mentales sin rumbo tras una noche de borrachera. No quiero volver a caer en esa escollera. Pero me quedaré en silencio, quiero evitar a toda costa esa mirada tuya de inconsciencia.

Voy a colgar ya, empieza a colarse el sol por mi ventana. Ojalá oigas esto y salgas a la calle a buscarme, andes montañas y esquives ramas por recordar mi cara. Adiós, espero que no te desvele la mañana temprana junto con el olor de la canela en rama.

Cuelga el teléfono rojo sin poder besar a nadie, por el simple hecho de que la han robado hasta el aire.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Noche fría

"Buenas noches, pequeña, duerme bien y sueña cosas bonitas"
"Duerme bien tú también"
"Dormiría mil veces mejor si estuvieses aquí conmigo"
(...)

Y en medio de la tormenta de recuerdos sales a navegar, en tu barquita hecha de humo y sal. Y vas a la deriva y sin saber remar, te vas salpicando de agua limpia que no quiere respirar. Y como avanzas entre sombras, has usado como paraguas tus pestañas rizosas, largas y anhelantes como cuerdas de rescate. Qué miedo te da morder el anzuelo una vez más, que pánico apabullante le tienes a eso del amar.

Y continuas con tu viaje, respirando el polvo que hay en el aire, escondiendo entre tus escamas los recuerdos de conversaciones heladas. Ves miles de tesoros bajo tu barca, pero el más importante ahí no se halla.

Y lanzas la caña al agua, a ver si pescas alguno de tus recuerdos, y el sedal recoge de entre ellos el que más dolor te causa. Es la sombra de un hombre de veinte años y ojos verdes, y lo rescatas del abismo aunque sus acciones te hieren.

Tiritando entre tus manos, todo vuelve a la cabeza como un puzzle, encauzando un río hacia lagos, siendo el olvido a la cara quien te escupe. Vuelves a esa fría noche de noviembre en la que él está ante tu puerta pero no escala hasta tu ventana porque le da vergüenza.

Tú estaba en la cama, acurrucada entre tus sedas, ignorando todo lo que ocurría fuera. Descorazonada y rota, lloriqueando como una niña tonta, desbordada por el dolor que te causó otra persona, te asomaste a la calle traidora y oíste ahí los pasos sigilosos de una mirada iluminadora.

Y no le viste, porque por vergüenza se refugió en su coche, llevando mil mensajes dentro de su camisa, con una tímida sonrisa y sin ningún reproche. Y aún te preguntas el por qué, el qué ocurrió, qué se sentía al huir, por qué te olvidó. Sabes que fue tu salvavidas una vez y que te aferraste a él como a un clavo ardiente, le metiste a escondidas tus palabras entre los guantes, como si de una botella flotante y a la deriva se tratase. Y ahora te culpas a ti misma de sólo haber compartido tu almohada con su cuerpo en sueños, de no haberle dicho que si se hundía, podía agarrarse al sol naciente de entre tus piernas, de no susurrarle que su aliento para ti es un anhelo, de no haberle podido regalar una tarde contigo entera.

Quizá habría sido mejor entregarle a escondidas un reloj con la opción de autodestruirse, así realmente hubieses sabido si él querría probar las frambuesas salvajes de tus labios, si realmente le habría dedicado minutos y minutos a tu piel para nutrirse o si simplemente habría cogido su tabaco y se habría largado. Pero ahora no sabes nada, pequeña niña azulada, porque no sabes si el agua ya ha llenado sus pulmones o si su vida continúa respirando tras de ti, como hace diez meses.

Porque con todas esas verdosas libélulas que acuden a tu alrededor, viene a tu cabeza aquella vez en la que, sin querer y de manera inocente, él besó tu cuello y oyó como tu sangre era bombeada por un ruidoso motor. A oscuras, te abrazaste a su cuerpo, como cuando eráis pequeños y os reconciliabais después de pelearos por los bollos de mantequilla, y él fuertemente te estrechó contra sí, porque para él no eres ninguna estrella que ya no brilla, eres la esperanza que le da vida.

Y mientras tú besas su boca de almizcle, mientras soplas entre sus pulmones como un fuelle, su sombra va despegando sus párpados que te devuelven esa mirada atigrada y verdosa que tanto te gusta, y esos ojos te están pidiendo que te quites la ropa y desembarcar en el muelle, porque quiere ver tu piel blanca y que le muerdas con tus dientecillos de duende.

Y va besando tu esqueleto, como en los finales censurados de cuento, susurrándote al oído cosas que resucitarían a cualquier muerto, pero te mira y dice que con que estés frente a él se da por contento. Remas, remas y sigues remando, porque la tormenta ya ha amainado, tu cuento ya ha empezado y es de esos que merece la pena no seguir contando por miedo a estropear el final con un tópicazo.

"Nunca te lo he dicho, pero siempre me has gustado. Desde que eramos críos."
"Vaya."
"Que sosa eres, de verdad. Lo llego a saber y no te digo nada."
"No, es que no hace tanto, me di cuenta de que tú también de siempre me has gustado."
"Entonces soy afortunado."
(...)

jueves, 5 de junio de 2014

Sigue respirando

A ti, tierra quemada, te digo adiós mientras entierran los casquillos de las balas en tus entrañas. A ti, esperanza perdida, te doy el beso más triste de despedida. Y a ti, piel torturada, te doy las gotas de sangre que mi cuerpo derrama.

Viajo sola y sin dueño. Viajo sin prisa y sin consuelo, viajo para desgastar mis huesos.
Viajo, tierra mía, porque de llagas voy a llenar mis manos y estos pulmones se pudrirán mientras trabajo. Adiós, montañas verdes y raíces secas, hoy ya no volveré a tener las mejillas rosadas como cerezas, hoy ya no volveré a apreciar tus bonitos amaneceres.

Hoy los ríos que alberga tu vientre, no volverán a apagar mi sed. Me voy para siempre, tierruca, me voy para no volver. Me voy bien lejos, me voy a una mina, me voy a ganar el pan que nos robaron y que nos correspondía cada día. No puedo quedarme, cuna mía, porque más no has resistido. Ocuparon tu sitio y te han vencido. Esos hombres, que llegaron del país del billete verde que todo lo justifica y lo mueve, sólo distinguen entre entre opresores y oprimidos, entre esclavos y patricios, entre pobres y ricos. Y ya sabes que ellos no van a trabajar tus campos de lino.

No voy a regar tus campos, tierra, con el agua salada de mis ojos; ya han sido humedecidos con sangre obrera e inocente, ya la han hecho árida con sus despojos. Han rapiñado todo lo que han podido, no han dejado la posibilidad de ser resistente porque ya han exterminado a todos mis vecinos. Me voy, bosques de robles y hayas, emigraré como los pájaros para tener canastas llenas de limones y con su amargor culparme a mí misma de que me vaya. Os abandono, prados verdes, ya no habrá ganado ni persona subsistente que ahí quede. No podré volver a ver tus cielos azules, porque allí donde voy, no habrá luces. Huyo de ti, lugar de mis costillas, porque me han hecho herida y sé que no tiene cura para la cobardía. Soñaré con que abras tus ojos grises y que por ello, te emancipes.

Hoy te han arrebatado el olor a café y lavanda, te han dejado en cenizas y sin fragancia. Te han marchitado con sus armas y rugidos, nos han desposeído de nosotros mismos. Somos cadáveres andantes que aún no han comido y que no hablan alto por temor a que les destruyan su nuevo nido. Me he ido, tierra de vendaval, porque no quería ver como te explotaba una multinacional. Pero en cambio, estos latigazos son más fáciles de soportar, porque no te veo sufrir, porque estoy cegada a todo lo demás.

Me fui porque me arrancaron mi hogar. Huí porque no quería volver a ver ese horror nunca más. Marché porque esa tortura no tenía final.

Y hoy, paisaje grisáceo, me arrepiento con todo el alma de haber marchado, porque habría preferido morir en tu esqueleto. Yo soy su mano de obra barata, soy su esclava. Cuando mis tripas gritan, se hacen los sordos. Y además nos han amenazado, se han asegurado de que nos callemos todos. Qué mundo tan loco.

Pero si queda algo de tu esencia en tus restos, desde aquí te estoy diciendo: sigue respirando, amor, sigue resistiendo.

lunes, 28 de abril de 2014

La desconocida de los tejados verdes

En una noche oscura y negra rondan, ocultas entre la bruma, miles de centellas. Y al ser yo la única en la oscuridad que brilla como una vela, con el pelo de fuego y diminutas pecas, he perdido mi nombre entre tanta ceniza y cera. Hay todo un vecindario a mis pies, con sus diminutas motas de ignorancia, las cuales gritan "¡llama a la desconocida del tejado Ana!". Me han desposeído de mi vida por el simple hecho de pasearme de noche por un tejado verde, y me han convertido en una persona de libro que nunca leeré. Podría haber sido perfectamente la Beatriz de Dante si hubiese dejado mi curiosa afición aparcada a un lado pero es totalmente enigmático el poder observar desde un precioso tejado.

Caí en ese remoto lugar por casualidad, como un frasco de pimienta sobre un postre dulce, leyendo páginas de Galeano y mostrando que sus palabras me engullen. Pero si dijera que en mi maltratada maleta sólo hubiera libros, no diría la verdad. Hay vinilos de Siouxsie Sioux, frascos de soledad y trozos del fantasma confidente que juega a la rayuela. Cada vez que la abro, salen a la luz todos los males de Pandora, además de los secretos que ocultaste bajo la alcoba. Todo se reduce a jugar con una sombra y con la posibilidad de si lo que siento se llama soledad. Juego sobre un alto tejado de tejas verdes a observar y reflexionar. Podría ser un búho en mitad de la noche, lleno de sabiduría y con un bonito plumaje, que pasa desapercibido a causa de su silencio. ¿Por qué les molesta que deambule descalza sobre un tejado cuando no les importa mi salud? La hipocresía moral humana pringa todo este agujero, haciéndolo más vomitivo aún. Todos hablan por hablar y nadie se para a pensar.

No se les ha ocurrido que quizá yo sea una fugitiva de mi pasado, que huyo porque mi pareja me ha violado. No han entendido que por andar descalza no soy una prostituta, sólo soy una persona dañada y sin blanca. Soy una muñeca rota con el alma fragmentada. No quiero su caridad corrompida ni su sucio dinero, sólo quiero contemplar la vida desde las tejas verdes, sin compañía ni mensajes. Quiero ver morir los días desde las tejas, sucumbir al sueño bajo las estrellas. Quiero ser el núcleo de la brisa que transporta y mezcla miles de olores e historias.

Aunque no quiera recordar, no olvido lo mucho que duele amar. Sale a relucir el dolor con cada estrella fugaz, se me abre el pecho en medio de la noche porque vislumbro en él el reflejo de las agujas de tus tacones. Aunque el frío y la niebla me cubran con su manto espectral, la herida arde y no hay cura.  Cada vez que mis párpados caen, tengo miedo de volver a verte, de que me hagas daño, de que hagas que desee volver a tenerte.

Huí de ti, como siempre. No puedo amarte, soy totalmente diferente, soy una necrosis a extirpar de tu piel. Te abandoné queriéndote, porque yo no me podía querer. Cada vez que me besabas me sentía aún más desgraciada que Baudelaire.

Y benditos rayos, que me despiertan, gracias vida por consumirme y hacerme sentir sedienta, porque si voy a arrastrar penas, mejor llevar cadenas. Aunque de ti no me haya despedido y no te haya querido como tú querías, te he amado en silencio, a mi manera y a mi medida. Y ojalá que estas palabras vuelvan a quedar en el fondo de una botella, mientras bailo descalza en el borde de un tejado verde, mientras la adrenalina asciende por mis venas, mientras me dejo caer a un lado de la carretera. Acabaré huyendo de nuevo, seguro que de este hoyo ignorante, rumbo a otro lugar más desierto y exuberante, sin despedidas, señales ni ruegos.

Me llevo a Siouxsie, avanzando entre tinieblas por miles de tejados, deshojando miedo y sentimientos, contándole mi auténtica vida al viento. Y si estas palabras no acaban por hundirse, espero que golpeen en la noche contra tu ventana y que al entrar en tu cama, sequen tus lágrimas, que sepas por qué salí huyendo y que quizá algún día me arrastraré por tu tejado como un gato solitario. No te metas en líos y disfruta de tu vida, porque daría la mía por una de tus sonrisas.

Pero las cosas son así, soy un espíritu libre al que le gustan los tejados verdes, que viaja con una vieja maleta porque besos de tinta para ti ya no le quedan. Soy Ana, de los tejados verdes, la ficticia, la que camina descalza y la que colecciona cerillas para intercambiarlas por estrellas y sus estelas, mientras desaprovecha sus días.

miércoles, 26 de febrero de 2014

A crecer

Creciendo entre telas y teteras, dibujaste tu cielo con alfileres, todo a medida. Has escrito miles de cuentos sin argumento con tus gotas de sangre, tus gotas de esencia. Siempre has sido una pequeña princesa sin vestido ni corona y con miles de pájaros rondando por la cabeza. Has crecido en la hojarasca, siendo hija de la tierra, arrancando corazones rotos a ciervos y osos. Hija de los huesos y las cordilleras, te has sumido en decadencia. Te han coronado con cenizas y calaveras, no has besado sapos ni príncipes, pero has devorado a lobos feroces y demás fieras. 

Es hora de despertar, pequeña, porque el invierno te acecha. Crece, princesa, ya es hora de cavar trincheras y de ensanchar el mundo que hay en tus caderas. Alza la vista sobre tus torreones de curvada madera y mira cómo lloran las estrellas. Debes de dejar de vivir en recuerdos, ponte unos zapatos y recorre el mundo entero. Miles de hojas te han susurrado que contar mentiras matan las palabras y que vivir en una utopía hará que te arranques las tripas, porque nadie ha regresado cuerdo ni con vida. No dejes que las raíces ahuequen tus ojos, no es gratificante ni entusiasta ver desde la ceguera el alma completa de un desconocido, pues se apaga el fuego, se acaba el misterio. 

No puedo mentirte y decirte que te guiarán los fuegos fatuos, porque en el mundo real los sueños no tienen lugar. Aunque parezca un lugar horrible, princesa, debes de explorarlo y encontrar un auténtico santuario donde estar a salvo. Y cuando digo la palabra santuario, no me refiero a esos edificios eclesiásticos, pues ahí habita el mismo diablo. Cuando te digo a esa palabra especial, me refiero a un lugar, el que tú quieras, donde poder retirarte a descansar de tanta tristeza y fatalidad. No tiene por qué ser un lugar físico, puede estar en tu cabeza o en el alma de otra persona. Sólo digo que sepas reconocerlo antes de que ese mundo real y profano te arrolle y te consuma. 

No te dejes engañar, pequeña. La ignorancia no es ninguna opción, no te guíes por ella. Debes de conocer bien a quien te guía, pues él marcará tus pasos, y debes de conocer aún mejor a quien te persigue, pues intentará borrarlos. No reveles ni tu nombre ni tu origen, princesa, pues intentarán arrebatarte tu esencia. Pero no olvides quien eres, pues en esta misión te encontrarás a ti misma. Aunque sigas mis instrucciones no te garantizo la supervivencia, porque una de las frivolidades que tiene ese mundo, es que su miserable ponzoña se respira y es tóxica.

Debes saber que todo esto es por tu bien, garantizándote la sabiduría y la valentía al final del camino. Creerás que es cruel, pero en eso consiste el crecer. No puedo impedir tu crecimiento con un suspiro, mucho menos arrebatarte el cuerpo, porque tampoco quiero. Prepara una taza de té bien cargada de esperanza, porque eso será lo que te haga andar durante toda esta caminata.

martes, 7 de enero de 2014

Los sueños que se quedan atrapados entre los adoquines amarillos

Hoy soñé con tu cara y tus caricias, y desperté alentada por la esperanza de encontrarte en mi cama. Pero moví mis dedos y palparon la nada, con ello, recordé las palabras que borbotaron de tu boca, en mi cabeza seguía resonando tu «déjame ser el fuego que prenda la mecha de tu cuerpo». Y los escalofríos, y el sudor, y el color vívido de tus ojos, el sonido de tu respiración; alteraron el resto de mi cuerpo.

Decían que me había perdido y que al conocerme, tú habías encontrado tu sexto sentido. ¿Y yo? ¿Qué pasó conmigo? Sólo me incendié y ardí, luego quedaron cenizas y carbones de lo que un día fui. Versos, acordes, trazos y secretos salieron volando del fuego, acabaron desapareciendo cada uno de mis sueños.

Y mientras nadaba en ese mar de sábanas, decías que yo era la estrella en el norte que más brillaba. Bebías de mi boca como si fuese la copa más sabrosa. Y a mis pechos, con delicadeza, te acercabas y contra ellos susurrabas que mis caderas eran el lugar perfecto para reposar tus ideas. Y cuando te colabas entre mis piernas diciendo que yo sabía como la más dulce mermelada, sólo podía pensar «es otro juglar que me envaina jodidamente bien con su espada».


Y como perros, como animales callejeros, en cualquier lugar abandonaba mis bragas por ver tu media sonrisa y esperar que tú me siguieras como las manecillas de segundo que siguen el compás de las horas del reloj. Y nos hemos amado entre los huesos de Barcelona y entre las entrañas de mis montañas, pero como todo lo bueno, esto acaba.

Como el raso y el encaje que me arrancas con fiereza, abandoné mis sueños entre los adoquines amarillos de la vieja carretera.

Y a día de hoy, con el minutero a toda mecha, por mucho que en mis sueños hables de cómo prendes el fuego de mi cuerpo, muy cobarde eres; que en persona no eres capaz ni de ofrecerme una cerilla por miedo a que yo te arranque las tripas. Que idiota, que bobo, yo sólo querría probarte de nuevo un poco. Te pediría fuego y te robaría un beso, te invitaría a probar nuestros viejos juegos, ser de nuevo la dama que no tiene nada de santa y el mentiroso juglar que sueña con ser caballero.


Pero los recuerdos, junto con los sueños, los abandoné en el camino amarillo que cruza la Otra Zona para darte pistas, como migas de pan que llevan hasta mi cama, dónde poder contemplar el mundo desde lo alto de ella, y como tú decías: "para calmar la vida entre mis caderas".

miércoles, 1 de enero de 2014

Recuerdos en brumas

Moverse entre estanterías, en silencio, como una sombra exhalada de un oscuro y amargo cigarro; eso es lo que hago. Hoy es otro día lluvioso y triste en el que me da por recordar y contarle al mundo como era la columna vertebral que sujetaba mi vida. Mis recuerdos envueltos en brumas y bamboleos, despiertan con el sonido de tu risa, fresca, risueña, sin precio y complicada, como tener un buen día. Es un bonito despertador.

Tocar el cristal de la ventana me recuerda a como pasabas tu mano heladora por debajo de la mesa en cualquier elegante y aburrida cena, buscando mis piernas, leyendo la contraseña que te invitaba a celebrar la primavera dentro de mi cuerpo. Y no sólo eso, los atracones de verano acompañados de helado, en los que los paseos finalizaban en cualquier campo abierto con puestas de sol fundiéndose en nuestros cuerpos, y mordiscos y besos llenos de los versos más bonitos del universo.

La sumisión a la vuelta de los recuerdos me remite a las estrellas que había en el techo de nuestro pequeño cielo de cemento, a nuestra cama y a los cristalizados ceniceros que había en la mesilla. Todas las noches, yo acababa a horcajadas, encima; no eran fáciles nuestras vidas y por eso estaban cosidas con agujas sufridas. Pero a mordiscos te arranqué todas esas páginas llenas de historias dolorosas que tenías marcadas en la piel.

Siempre a oscuras y entre lágrimas, en esas noches sin historias, me acurrucaba contra ti, sin trucos y sin magia, sin flores de alhelí.

Y estallaste en carcajadas cuando al oído te confesé que yo sólo era un disparate imperfecto, una fantasía llena de acidez. No te dabas cuenta de que tanto caos y tanto desorden del que disfrutábamos iba a acabar con nosotros mismos, iba a convertirnos en ángeles exterminadores.

Las duchas a solas eran un infierno disfrazadas de purificación. Mis demonios emergían y atacaban sin piedad. El agua no los ahogaba porque ellos sabían cómo nadar. Mi cabeza estallaba, las lágrimas afloraban. Y siempre te encontrabas con el suelo convertido en lago y a mí sumergida en él. Odiabas ver cómo esto sucedía día tras día, odiabas ver que no sabías ponerle freno.

Y como estaba rota, de mis pulmones y costillas hiciste un acordeón lleno de melancolía y calor. Me escribiste una nana para que creciera con más rapidez, tres poemas tatuaste en mi piel. Con tu fría lengua me curaste y me calmaste más de una vez. Y todo con un firmamento de plástico en el techo, en el que nada se podía adivinar ni ver.

Me despedacé completamente en aquel viaje de tren en el que mi boca sabía a Jack Daniel's. En aquel vagón se notaba tu rendición por doquier. Irradiaba el color gris de tus ojos, la tristeza asomaba por tu boca. Y yo en el asiento, quieta y temerosa, sin mover un sólo dedo, intentando separar mi propia sombra de mi cuerpo. Mi corazón te pedía a gritos que me explicaras, que me enseñaras que no podía ser Peter Pan, que de una vez por todas debía madurar. Pero ya lo dabas todo por perdido; si te hubieses parado un segundo a observar que eras el héroe al que admiro… quizá las cosas hubiesen cambiado totalmente de sentido.

Quizá nos hubiésemos ahorrado todo este dolor. Ojalá pudiese retorcer y poner del revés el reloj para cambiar toda esa horrible situación. Habría sido mil veces más bonito y pacificador que me hubieses dicho que preferirías ser paciente porque tú eras el verdadero Peter Pan y yo sólo un pequeño y valioso dedal.

Y ahora, lo único que he logrado son unos cuantos recuerdos embotellados que se descorchan acompañados de cigarros, desempolvando imágenes sumidas en brumas, sumidas en tristeza adictiva y dolor agrietado.

lunes, 23 de diciembre de 2013

El romanticismo ha muerto

Insepultos, insurrectos, hemos convertido esto en un festival de muertos. Hemos apurado lágrimas y besos por pensar que nos quedaba poco tiempo. Las flores se convirtieron en cemento, el agua en ácido y los sentimientos en cartas de intercambio. Es verdad que la caja tonta nos ha comido el cerebro.

Hemos caído de bruces siendo cristal en plena era digital. No hay hueco para el amor, no hay hueco para el rubor; nos ha abstraído un agujero negro llamado Hollywood, el cual deseaba que no fuera yo misma, sino tú. Todo lo mueve con dinero y le ha quitado significado a la palabra cielo. Salió corriendo en Wall Street a grito de "¡El romanticismo ha muerto!".

viernes, 29 de noviembre de 2013

Algodón de azúcar

Soy un chicle saboreado en tu boca; el algodón de azúcar que hay en tu vida. No soy tan empalagosa como esas chicas con olor a vainilla; sé como ser amarga, para ello desprendo mis lágrimas sobre el café y sabré igual que el regaliz negro. Quien sabe si hoy amanezco en una tienda de caramelos o en una mala calle. Debo corregir mis matices erróneos según tu lista (más azúcar, más espesor, más color, mejor vida...); pero ya me he cansado de tanta perfección. Tírame o libérame, pero no quiero seguir en tu vida de pesadilla y obseso maníaco.


Muñeca pícara

La muñeca pícara te ha escogido, eres el abogado del diablo con corbata y has bebido del miedo de cien chicas guapas con tal de fortalecerte. Ella quiere atarse a tus ardientes clavos, destrozando su piel de porcelana. Quiere hacerse añicos y disfrutar de la caída, del vértigo que la contamina. Es una muñeca masoca y ajusticiada, dispuesta a todo por un poco de dolor.

jueves, 21 de noviembre de 2013

No son balas, son palabras

Quizá una página en blanco sea un lujo caro para una persona inconformista. A falta de tiempo, es mi rabia la que escribe. Es coger un bolígrafo y crear una escalinata negra y líquida que puede abrir la imaginación, llevar al cielo o estamparte contra el crudo suelo. Es mi sangre negra cargada de intenciones, salpicando a gente de papel con corbata. Una bala se disuelve en el tiempo, una palabra vive lo mismo que el firmamento. Aunque muera, seguiré viva en estas hojas. No tengo dinero, no tengo armas pero mis balas son las palabras que remueven conciencias como si fuesen montañas.

La cerilla

Una cerilla intermitente en la oscuridad que cuando ilumina forma imágenes totalmente diferentes: tu cara y la mía. Una melodía calmante y agitada en la penumbra, nuestros latidos. Un líquido oscuro con sabor a hierro que borbota de nuestros cuerpos: la sangre. La luz está a oscuras durante cinco minutos, luego se ilumina pero siempre, SIEMPRE oscila sobre sí misma, como una bola perfecta.

Y mientras bailamos buscando esa luz complicada e impura, a oscuras te estrecho contra mí en un intento de oler tu pecho, de devorar tus miedos. Y con acritud, salitre y hierro, te alejas de mí, has encontrado una luciérnaga diminuta que no sabes con seguridad adonde te llevará; y todo con tal de no volver a asomarte a mi mirada jamás.

A veces la quiero más que a nada… pero es muy difusa y turbulenta, igual de pragmática que etérea, igual de incendiaria que magnética. Es la fotógrafa de las impurezas, la correctora de las divinas flaquezas.

Y de esos ojos verdosos, de esa boca placentera siempre emana, duradera, la libertad que busco. ¿Por qué? Porque sus espejos son estanques y sus vestidos de alta costura están hechos con hojas, porque sabe que la tierra sufre y que algún día tendrá que salir a la calle a boca de revolución con esa luz que persigue, con esa cerilla junto a una lata de gasolina para hacerse respetar en esta puta comedia nacional. Su voz y sus palabras serán más fuertes que cualquier barrote, que cualquier cadena.


Y será el viento quien revuelva sus cabellos, porque es indomable e impredecible, es el tipo de chica que con un beso desatornilla cualquier clavo sujeto a tus pedazos de vida.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Tu verso más fiero

¿Recuerdas cuando estar cubiertos de tinta era el más placentero orgasmo? Íbamos escribiendo despacio, a ritmo de violín y teclado.

Y a cinco minutos de morir en el olvido, sólo pido un té helado y una mirada con sabor a menta fresca; algo que me haga sentir la chispa de la vida entre mis gastadas manos.

A punto de desfallecer en esa bruma, te digo: dedícame tu verso más fiero. Regálame la armadura de palabras más fuerte que haya para ganar esta batalla.

Conversaciones Guionadas - (Parte V)

Él: Me apetece tomar una cerveza y verte el pelo.
Ella: ¿Implica eso acabar en tu cama?
Él: Puede, quizá.
Ella: Entonces olvídalo.
Él: ¿Por?
Ella: No quiero besos sin significado, no quiero sexo sin amor, ni siquiera ese falso amor envenenado. No soy un objeto.
Él: No te trato así.
Ella: Sí que lo haces. Sólo me llamas cuando se te pone dura.
Él: Lo siento, entonces.
Ella: No quiero tu falsa compasión.

martes, 29 de octubre de 2013

Decadencia: Tranquilidad Opiácea

Con el agua, tus cadenas se han oxidado y las algas las han roto. Con las estrellas, he emergido de entre la niebla, desnuda y sin fortaleza, busco mi propia flecha negra. He llegado a salir de mi propio pozo sin fondo, sin escamas ni escafandra; sin arpón clavado en el pecho. Soy un náufrago en tierra firme, un fantasma miserable que ha sido derrotado.

Y recuerdo -porque soy un alma, no un muerto- que en viejas fotografías aparezco vestida de bailarina. Sí, fui la bailarina más torpe que ha habido y que por casualidad chocó contra tus duros brazos y permaneció ahí sustentada sobre sus puntas, pidiéndote un beso a ritmo de rockabilly.

Y sigo avanzando en la oscura noche, entre vapor y flores, entre despedidas y reproches, sosteniendo el propio peso de mis suspiros, sosteniendo mis pensamientos con alfileres; porque el alma está enjaulada en la penumbra, porque el cuerpo está atrapado en la rabia.

No quiero evadirme ni desaparecer, quiero en tu memoria permanecer.

Ha caído el invierno por sorpresa con sus miles de cuchillos blancos y la piel gris de lobo me ha salido con la luna llena; sólo soy una mujer hambrienta. Es la noche de la línea delgada, es la noche de los espíritus errantes, es el recorrido de las miradas apagadas. Y bajo la forma animal, recorro los espinosos caminos del lóbrego bosque, olfateando rastros de humo y ceniza, rastros con olor a otoño y a cerveza.

Y acabo en profundas cavernas con brujas, sapos y arañas; con cazadores, presas y depredadores. Por mucho que aúlle, recupero la forma de mujer y me uno al estrepitoso aquelarre. Entre flautas, gaitas y tambores; entre ginebra, quemadas y cuernos llenos de espuma sin sentimientos, me mezco en las raíces de la historia antigua hasta que despunta el amanecer. Y amanezco con un regalo entre mis palmas, ahí está mi codiciada flecha negra.

La jodida luz me hiere en los ojos y escupo sangre al recordar tu nombre. Estoy maldita por ti y no por haber fumado esa humeante pipa de la reflexión. Estoy llena de arañazos y heridas por mis travesías, estoy rota por tus susurros en las cartas. ¿De qué me sirve que me busques si sólo me utilizas? Tus palabras son muy viejas y conocidas, con cualquier carcajada tuya se las lleva la brisa.

Mi ficticia tranquilidad opiácea se ha desvanecido y por una madriguera he caído. 

Sigo vislumbrando fotos y recuerdos en un televisor que me ha dejado hipnotizada. De una caja de música flotan tus despedidas acompañadas de violín, apuntándome con un arma si oso sonreír. Relojes que pululan libres a mi alrededor, tiempo danzarín ondeando al viento sin ningún pudor; intentan volverme loca, intentan arrancarme el destrozado corazón.

Si tengo sed, sólo puedo beber de los pequeños frascos de locura dosificada de esa politóxicomana llamada Alicia. Y al recibirme en este mundo no tan secreto, salen un militar y un perro; me llevan detenida, dándome la bienvenida al País de las Pesadillas.