martes, 21 de enero de 2014

La bruja de las nieves (Escocia)

Hace mucho, mucho tiempo, cuando había agua donde ahora hay tierra y tierra donde ahora hay agua, vivió la vieja Cailleach, la Bruja Azul, tan vieja que su edad era incalculable. Había visto pasar más años que cualquier otro ser de la Tierra. Para ella, los inviernos eran noches y los veranos, días. Fue ella quien, junto con sus hermanas, formó las montañas cuando llegó a la tierra de Escocia, mucho antes de que alguien habitase allí. Sobrevolaron el terreno mientras soltaban piedras de sus delantales, y donde cayeron aquellas piedras se formaron grandes cadenas montañosas.

Transcurrieron muchos siglos, y la Cailleach y sus hermanas se sentían cada vez más cansadas y aburridas. A su tierra llegó una raza más joven, y las viejas se retiraron  a las montañas, donde los seres humanos no pudieran molestarlas. La razón de la sorprendente longevidad de la Cailleach y sus hermanas era un pozo mágico, el Pozo Secreto de la Juventud, que se encontraba en las cumbres. Cada vez que sentían algún achaque propio de la edad, se bañaban en las aguas transparentes y frías del pozo, y salían como nuevas. Sin embargo, desde la llegada de las personas, cada vez quedaba menos agua en el pozo. Pronto se dieron cuenta de que el agua escaseaba y que sólo quedaría agua para una de las hermanas.

-Echemos a suertes quién de nosotras se bañará cuando las aguas vuelvan a crecer -sugirieron las hermanas. La afortunada entraría en el pozo y saldría rejuvenecida, mientras que las demás irían envejeciendo y caerían enfermas. Y así ocurrió, hasta que las hermanas  más viejas ya no pudieron continuar en este mundo.  Sin embargo, no murieron como los humanos, sino que permanecieron sentadas, observando los lagos y los pastos de las tierras bajas, hasta que se convirtieron en piedra. Una tras otra, las hermanas pasaron a formar parte de las montañas que habían creado, hasta que sólo quedó la Cailleach.

-¡Ay de mí! Ya no están mis hermanas -se lamentó la vieja. Sus lágrimas se convirtieron en nieve y sus suspiros, en fuertes vendavales. Toda la tierra se cubrió de nieve y hielo.

Después de aquellos tiempos tan tristes de soledad, los años cada vez le pesaban más. Cuando sus hermanas aún vivían, cada una desempeñaba su papel y no tenían necesidad de nada: cazaban y cocinaban; cosían sus propias ropas, las lavaban y entonaban canciones extrañas y misteriosas cuando la oscuridad reinaba. Ahora no había nadie para ayudarla, y la Cailleach se convirtió en un personaje solitario y triste, tan triste como una mañana helada en la que no llega a lucir el sol.

La Cailleach se las arreglaba como podía. Se vestía con los velos del tiempo: capas de noches estrelladas, capas de días de cielos azules, vestidos de nubes grises compactas. Sus botas eran de cuero de reno, de renos de los numerosos rebaños que cubrían la tierra de Escocia en aquellos días. El ganado de la Cailleach se componía de renos: arrastraban su carro y le proporcionaban carne y leche. Cuando necesitaba lavar sus ropas, las lanzaba en el remolino del Corryvrekin; una vez estaban limpias, las aguas rápidas y turbulentas las devolvían.

Cuando le dolían los huesos y ya empezaban a faltarle las fuerzas, se bañaba en el pozo mágico y de él salía renovada, aunque no precisamente joven. Las aguas ya no tenían el poder de antes y subían en muy contadas ocasiones para retornar a la Cailleach toda su juventud y belleza. Cuando la crecida tenía lugar, la vieja se aseguraba de ser la primera en llegar a las aguas, antes de que un pájaro bebiese en ellas.

Su vida se convirtió en un invierno perpetuo. A medida que iban pasando los años, rehuía de los meses más cálidos del verano y se ocultaba en los valles sombríos de las montañas, entre los lugares secretos y misteriosos de las rocas salientes. Cuando regresaba el invierno, se animaba y volvía a ocuparse de sus cosas. Golpeaba el suelo con su martillo de piedra hasta que el duro hielo lo cubría y ya no podía crecer ni una brizna de hierba.

Al aproximarse la primavera, la Cailleach se sentaba en la montaña y se lamentaba de la juventud perdida:
-¡Ay, ay! ¿Qué fue de los días felices con mis hermanas?

Cada aliento, cada suspiro, se convertía en un poderosos viento que formaba remolinos en el aire como una nube oscura y amenazadora. La gente murmuraba:
-La Bruja Azul está llorando por sus hermanas.
Y los pescadores temían hacerse a la mar por si la Cailleach provocaba una tormenta mientras se encontraban lejos de la costa.

El tiempo se cernía sobre la vieja igual que las nieves cubren las cimas de Ben Nevis. Los años pasaban como días; los días, como segundos.. Cada vez que visitaba el Pozo Secreto de la Juventud había menos agua. Cuando se bañaba, cada vez salía menos joven, menos ágil. Las tareas que antes no le costaban ningún trabajo, le resultaban cada vez más difíciles. Necesitaba una sirvienta que pescase en los lagos, que tejiese sus ropas, que le preparase la comida y que la peinase. Secuestró a jóvenes de toda Escocia para que fuesen sus sirvientas. Escogió a las doncellas más ágiles, más fuertes y más hermosas; las separó de sus hogares y de sus familias para que le atendiesen. Sin embargo, la Cailleach vivía tantos años que, una a una, las doncellas que había convertido en sus sirvientas envejecían y morían.

Las muchachas jóvenes tenían miedo a salir por si la Bruja Azul, que era más astuta a medida que pasaban los años, las raptaba. En invierno aumentaban sus poderes y era capaz de transformarse en diferentes animales: una monstruosa cerda, un pequeño lobo gris, una resbaladiza anguila o una quejumbrosa grulla.

Había una muchacha llamada Bride que vivía con su madre en la casa de un druida, al que ésta servía. Bride cuidaba de las ovejas y salía con ellas a las montañas. Un día, el druida le dio un silbato de hueso y le dijo:
-Cuando estés en los pastos altos, lleva este silbato alrededor del cuello, porque la Cailleach busca una nueva sirvienta y puede adoptar muchas formas. Si ves una monstruosa cerda o un pequeño lobo gris, si notas la presencia de una resbaladiza anguila o de una quejumbrosa grulla, haz sonar este silbato y yo te protegeré.

Un día, Bride se encontraba con en las montañas con el rebaño cuando una espesa niebla helada lo cubrió todo y la joven se perdió. Llamó a la vieja oveja que guiaba el rebaño. Al escuchar el sonido de unas pezuñas en las rocas, Bride alargó una mano y palpó: lo que sus dedos tocaban no era la espesa lana de una oveja, sino la piel grasienta y áspera de una cerdo. Inmediatamente se puso el silbato en los labios, pero antes de que pudiera soplar, la Cailleach la agarró y se la llevó. El silbato se perdió de vista entre la niebla helada.

La vieja regresó a su fría cueva con la muchacha y la puso a ordeñar el rebaño de ciervos cercados en la cañada. Los renos habían estado cientos y miles de años recorriendo aquellas cañadas; ahora sólo quedaban los ciervos de las montañas. Bride, que estaba acostumbrada a ordeñar las ovejas, atendía a los ciervos y hacía queso con la leche. Y siempre soñaba con regresar a casa.

Las estaciones se sucedieron y aunque Bride buscó el silbato, nunca lo encontró.
Un día, la Cailleach adoptó la formo de una grulla y llevó a Bride hasta la orillas del mar para pescar con un sedal y cebo.

-Llena esta nasa de pescado antes de que caiga la noche -ordenó la vieja-. Comeré al lado del lago y te recogeré antes de que oscurezca.

Temblorosa, Bride colocó los gusanos en el sedal y y lloró: echaba de menos a su madre. De repente, observó que un pájaro negro y blanco con un gran pico rojo se estaba acercando a ella, mientras gritaba:
-¡Kli-i, kli-i!
Era el druida, que había adoptado la forma de un pájaro.
-¡Sigue pescando, Bride, y escúchame! Llevo casi un año buscándote. Se está acabando el tiempo de la Cailleach y llega el tuyo. Haz lo que te diga y no sólo te librarás de la bruja, sino que además heredarás su sabiduría y su poder. Ella no podrá sobrevivir muchos inviernos más sin renovarse.
-¿Qué debo hacer? -susurró Bride, mientras sacaba un pez del sedal y lo depositaba en la nasa.
-Debes hacer tres cosas para recuperar la libertad. En primer lugar, debes descubrir el nombre secreto de la Cailleach; después, tendrás que encontrar el Pozo Secreto de la Juventud y, por último, debes despojarla de su dominio del invierno a fin de que la primavera regrese de inmediato. Para averiguar su nombre, debes preguntarle cuantos años tiene. Escucha con atención todo lo que te diga y después explícamelo, ya que volveremos a vernos.

Aquella noche, Bride encendió fuego en la chimenea y ofreció a la vieja una taza de leche de ciervo, mientras le comentaba tímidamente:
-Debes de haber vivido muchos años, gran Cailleach.
-¡Ah, niña! Vivo desde antes del tiempo, cuando había agua donde ahora hay tierra y tierra donde ahora hay agua. La Hija de lo Huesos nació antes de que las montañas alzasen sus cumbres y de que las cañadas se llenasen de lagos -explicó la bruja con tristeza. Y no dijo nada más.

El pájaro volvió a aparecerse ante Bride y escuchó lo que la anciana había dicho.
-El nombre secreto de la Cailleach es <<Nic Neven>>, Hija de los Huesos -explicó el druida transformado en pájaro-. Con lo que sabes, podrás encontrar el lugar secreto adonde ella acude a renovarse y asegurarte de que no pueda volver a utilizarlo. Se acerca el momento en el que la Cailleach tendrá que renovarse por sí sola o morir. Obsérvala y síguela de cerca. Pero ahora debes recoger juncos del lago y trenzarlos así -el pájaro dibujó en la arena, con el pico, una rueda estrellada de tres picos-. Necesitarás esta rueda estrellada para sellar el pozo hasta que la vieja caiga en su profundo sueño -y el pájaro le enseñó cómo debía hacerlo.

Cuando la anciana se quedó dormida en la cueva, Bride se puso a trenzar a toda prisa la rueda estrellada con los juncos que había escondido. A la mañana siguiente, mucho antes de la aurora, la bruja adoptó la forma de un pequeño lobo gris  y se marchó a inspeccionar el pozo. Bride la siguió a cierta distancia. Todavía no había llegado el tiempo en que las aguas debían subir, y la bruja-lobo bajó la montaña con el rabo entre las piernas. Bride se acercó al pozo y, tal como le había enseñado el druida, colocó la rueda estrellada de juncos sobre la abertura del pozo y dijo:

Nic Neven, la antigua, en tu nombre sello
este pozo con la estrella del cielo.
Con la chispa del sol y el rayo del fuego,
que las aguas de la juventud no suban más, lo ordeno;
hasta que al llamar con todas mis fuerzas,
¡que las aguas suban y las montañas florezcan!

Bride comunicó entonces al ostrero:
-He hecho todo lo que me dijiste, pero ¿cómo voy a arrebatarle el dominio sobre el invierno?
El druida-pájaro respondió:
-Corta una pequeña rama de abedul que crece en la cabecera de la cañada y enseña a la vieja la Danza del Polvo del Molino. Hace cientos de años que no baila y le encantará. Debes enseñarle todos los pasos y movimientos; después, entrégale la vara y pídele que practique agarrada a ti. Asegúrate de caer la primera y deja que la vieja te toque con la rama en las manos, los pies y la boca. Cuando lo hagas estarás muerta durante unos minutos. No temas, yo estaré cerca para silbar la melodía. Sé firme y valiente, ya que la bruja deseará bailar y soplará sobre tus manos, tus pies y tu boca para que resucites. Cuando le llegue el turno de caer, debes golpearla con la vara en las manos, los pies y la boca; se quedará petrificada y todo su poder y sabiduría serán tuyos. Pero asegúrate de no respirar sobre sus manos, sus pies y su boca; si lo haces, entonces se despertará.

Bride cortó una rama de abedul y la escondió bajo la capa. Bien avanzada la noche, se dirigió a la Cailleach y le dijo:
-Las noches ahora resultan muy largas sin baile y música. ¿Te gustaría bailar, gran Cailleach?
La anciana suspiró:
-¡Ah! Hace mucho tiempo, yo bailaba con mis hermanas sobre la primera hierba de las cañadas. Ahora soy demasiado vieja y no tenemos música.
-Ya he pensado en eso. He enseñado a este pájaro a silbar la melodía de una danza; es la única que sabe.

El ostrero, obediente, empezó a entonar la Danza del Polvo del Molino con un ritmo alegre. La Cailleach comenzó a mover un pie y enseguida imploró a la joven que le enseñase el baile.

Bride tomó la vara que había dejado en el montón de leña y mostró a la mujer los pasos del baile.
-Primero nos juntamos, después nos separamos, a continuación nos cruzamos y, por último, cambiamos de lugar -explicó Bride mientras golpeaba con la vara en el suelo al ritmo de los pasos. La vieja se quedó sin aliento enseguida:
-¡Es un baile muy rápido!
Bride sonrió:
Sí, pero descansaremos por turnos. Primero, una de nosotras toca a la otra con la vara en la cabeza y ésta cae al suelo. Después, la que sigue  de pie toca a la otra en las manos, en los pies y, por último, en la boca. La que está en el suelo se queda quita y la otra sopla sobre sus manos, sus pies y su boca; entonces nos cambiamos los puestos. ¿Has recuperado ya el aliento? ¿Por qué no pruebas a sujetar la vara y yo me tumbo mientras tú ensaya el baile? Después podrás tumbarte y descansar todo lo que quieras.
-¡De acuerdo! -dijo la Cailleach. Y comenzaron. Primero tocó a Bride en la cabeza, y la joven cayó al suelo. Con la varita, la vieja hizo bailar las manos y los pies de Bride, cuyo corazón latía atemorizado. Confiaba en el druida, pero no sabía si la bruja se acordaría de soplar sobre sus manos, pies y boca. Si no lo hacía, moriría de verdad. A continuación, la Cailleach le dio un toque con la vara en la boca y Bride sintió que se quedaba sin aliento. El ostrero siguió silbando pero Bride no oyó nada más hasta que la vieja empezó a soplarle en la boca. Recuperada la vida, se puso de pie de un salto.

-¡Te toca bailar! -dijo la mujer, y empezó de nuevo el proceso. Esta vez, Bride tocó a la vieja con la vara y la vieja cayó al suelo de un modo que hasta la tierra tembló. La vara hizo bailar las manos y los pies de la Cailleach, de tal modo que las agujas de los pinos y los carámbanos que pendían de las rocas comenzaron a agitarse. Pero esos fueron los últimos, movimientos de la anciana: cuando Bride le tocó en la boca con la rama de abedul, la Cailleach se convirtió en una fría piedra.

El pájaro se dirigió a Bride:
-Ahora el poder la Cailleach es tuyo. Utiliza la vara con sabiduría, pues el frío aumenta a medida que las sombras se alargan.

Bride sintió un gran poder en su interior y se prometió ayudar a todos los seres con problemas a partir de aquel instante. En voz alta pronunció estas palabras:

¡El poder de Nic Neven ya no hará más maldades!
¡Subid, aguas, desde las profundidades!
Con el rayo del fuego y la chispa del sol,
¡que el invierno y su blancura no sigan, no!
Que la vida se renueve con la primavera.
¡Rompeos, negros hielos; montaña, florece!

Bride alzó la vara, y la rueda estrellada de juncos que cubría el pozo mágico se elevó en el aire al tiempo que giraba. Las aguas del pozo se alzaron bajo el poder de sus palabras y cayeron en forma de lluvia sobre la tierra de Escocia, de modo que el hielo y las nieves se derritieron. En las laderas, los primeros brotes de campanillas perforaron la dura tierra, y la gente se alegró de tener de nuevo a Bride entre ellos.

Cada año recordamos la llegada de la primavera trenzando cruces de Bride con juncos y celebramos el paso de las estaciones;  además, todo eso nos recuerda que podemos llamar a Bride cuando necesitamos ayuda. Y, todavía hoy, aquel pájaro se conoce como Gille Brighid, <<sirviente de Bride>>.

Los inviernos ya no son tan duros como antes, y la Cailleach rara vez sale de su confinamiento de piedra. Sin embargo, si la nieve cubre tierra de blanco, la gente todavía afirma que la bruja de las nieves ha vuelto a las andadas.

*Nota: La palabra gaélica "cailleach" significa vieja, abuela o bruja.  Las historias y leyendas sobre la Cailleach están muy extendidas por las Islas Británicas, y todas explican que es el ser más viejo de la tierra. El hecho de que la Cailleach tenga rebaños de renos sugiere que las historias sobre este personaje se remontan a la Edad del hielo, concretamente a la glaciación de Würm, cuando existían renos en Escocia. Bride también es una diosa antigua, cuyo personaje está asociado con santa Brígida de Kildare, del siglo V. Según la leyenda, santa Brígida recorrió las Islas Británicas. Estas dos importantes diosas se unen en el cuento porque se asocian con el invierno y la primavera. Esta historia surge de la imaginación de Caitlín Matthews, quien se basa en el folklore de ambas divinidades a la hora de escribir esta leyenda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario