domingo, 28 de julio de 2013

El Muchacho Que No Sabía Nada (Bretaña)

Hace mucho, mucho tiempo, vivía en Bretaña un noble caballero. Un día, mientras cabalgaba, halló un niño pequeño junto al camino y le preguntó:

-¿Qué haces aquí?
-No lo sé -respondió el muchacho.
-¿Dónde están tus padres?
-No lo sé.
-¿Cómo te llamas y de dónde eres?
-No lo sé -era su respuesta a todas las preguntas.

El caballero decidió criar al niño y lo llamó N'oun Doaré, que en bretón significa <<no lo sé>>. Le dio una buena educación y, cuando el muchacho ya estuvo a punto de cumplir los veinte años, lo llevó a la gran feria de Morlaix.

-Elige el oficio que quieras -dijo el caballero-. Yo te compraré las herramientas que te ayudarán a tener éxito en la vida.

N'oun Doaré recorrió la feria, observándolo todo. No sabía que tipo de trabajo le gustaría hacer, y entonces se le ocurrió la idea de convertirse en caballero. Regresó a un puesto con piezas de metal donde había visto una vieja espada oxidada.

-Cómprame ésta, por favor -pidió.
El caballero no ocultó su indignación.
-Está cubierta de óxido y no sirve para nada.
De todos modos, la compró.

N'oun Doaré la pulió y descubrió una inscripción bajo el óxido: <<soy invencible>>. El muchacho sonrió y se colocó la espada en la cintura.

-Necesito un caballo -comunicó a su protector. Buscaron uno en el mercado de ganado. La feria estaba a punto de cerrar cuando N'oun Doaré vio el caballo que quería. Era una yegua flaca y hambrienta que parecía estar a un paso de la muerte.
-Esa es la mía -dijo, y suplicó al caballero que la comprase. Mientras el protector contaba el dinero para pagar la yegua, el viejo de Cornualles que iba a vendérsela susurró a N'oun Doaré:
-¿Ves esos nudos en el ronzal de la yegua? Cuando desates uno, el animal te llevará al lugar adonde quieras ir, por muy lejano que sea.

N'oun Doaré agradeció la compra al caballero y subió a la yegua. Cuando ya nadie les veía, el joven desató uno de los nudos y, sin saber dónde quería ir, llegaron a París. Obviamente, aquel era el lugar donde N'oun Doaré iba a hacer fortuna. Se dirigió al palacio del rey y le dieron trabajo en los establos. Cada vez que el joven tenía un día libre, desataba uno de los nudos y se dejaba llevar por la yegua. Juntos vivieron grandes aventuras. En una ocasión, cuando N'oun Doaré cabalgaba hacia casa, pasó por un pueblo que nunca había visto. Allí, brillando en un cruce de caminos, había una corona de oro y diamantes relucientes.

-Qué cosa tan bonita -suspiró el joven.
-Bonita pero peligrosa -observó la yegua-. No la toques.

El muchacho se asombró cuando oyó hablar a la yegua. Escondió la corona bajo su capa y cabalgó hacia casa. Empleó la corona para iluminar los establos por la noche, pues estaba prohibido entrar en los establos con cualquier tipo de llama para evitar incendios. Las cosas fueron bien hasta que un envidioso mozo de cuadro se presentó ante el rey con la noticia.

-Así que mi mozo tiene una corona mejor que la mía -observó el rey, muy ofendido por todo aquel asunto. Y exigió que e llevasen la corona. El rey preguntó al joven:
-¿De dónde ha salido la corona?
Pero N'oun Doaré no supo que contestarle.

Todos los sabios del reino examinaron la corona y tuvieron que admitir que era la más hermosa que habían visto nunca, pero que eran incapaces de explicar su origen. Y, entonces, la yegua flaca y famélica, que estaba detrás de ellos, susurró:
-Ésta es la corona de la princesa del Carnero Dorado.
Nadie sabía quién había hablado, pero el rey suspiró con amor al escuchar aquel nombre y miró la corona de diamantes con gran esperanza.

-¡Quiero casarme con esa dama! N'oun Doaré, todo esto es culpa tuya. Te ordeno que encuentres a la princesa y la traigas ante mí, o te mataré.

El joven lloró de miedo y ansiedad sobre las crines de la yegua.
-¿No te dije que no tocases la corona? -le reprochó la yegua-. Bueno, el mal ya está hecho; será mejor que pasemos rápidamente a la acción. Pídele al rey un saco de avena y un poco de dinero, y le traeremos a la princesa.
-¡Es cierto que hablas! -gritó el muchacho, orgulloso de que su instinto le hubiese dictado que tenía que comprar esa yegua.

El rey le dio la avena y el dinero, y cabalgaron hasta llegar a la orilla del mar.
Allí encontraron un pez varado en la arena, a punto de morir.

-¡Rápido, devuelve el pez al agua! -relinchó la yegua, y así lo hizo N'oun Doaré.
-Gracias, N'oun Doaré -dijo el pez-. Soy el rey de los peces. Si alguna vez necesitas mi ayuda, ven a la orilla y llámame, que yo acudiré.

Más adelante llegaron a un claro donde había un pájaro atrapado en un cepo.

-¡Rápido, libera al pájaro! -relinchó la yegua, y así lo hizo N'oun Doaré.
-Gracias, N'oun Doaré -cantó el pájaro-. Soy el rey de los pájaros. Si alguna vez necesitas mi ayuda, llámame y yo acudiré de inmediato.

Siguieron cabalgando por montañas y ríos, atravesando bosques y valles, hasta que llegaron a las murallas doradas de un gran castillo. Allí escucharon un tremendo bramido. Cuando se acercaron, vieron a un hombre encadenado a un árbol. Sobre su cuerpo había tantos cuernos como días tiene un año.

-Desencadena a ese hombre inmediatamente -relinchó la yegua, pero N'oun Doaré dudó.
-No me atrevo a acercarme, parece muy violento.
-No te hará daño, ¡puedes confiar en mí!-repuso la yegua. El muchacho al fin desencadenó al hombre, que dijo:
-Gracias, N'oun Doaré. Soy el rey de los cuernos. Si alguna vez necesitas mi ayuda, llámame. No importa dónde te encuentres, yo acudiré.

La yegua indicó a N'oun Doaré que entrase en el castillo y preguntase por la princesa, que la invitase a acompañarle al bosque para ver bailar a su yegua.

Mientras ésta se quedaba paciendo, el joven entró en el castillo.

-Deseo hablar con la princesa del Carnero Dorado -solicitó.

La princesa lo recibió amablemente y le enseñó su espléndido castillo. N'oun Doaré prestó atención y luego dijo:
-Tengo una yegua maravillosa que conoce todos los bailes de Bretaña. ¿Os gustaría verla?
La princesa se apresuró hacia el bosque, mientras daba palmadas de emoción.

-Le encantará mostraros sus bonitos bailes si subís a su lomo, dulce princesa -indicó N'oun Doaré.

Y la ayudó a subir; después montó él y desató un nudo del ronzal. Y cabalgaron veloces a París.

-¡Me habéis engañado! -gritó la princesa, al tiempo que gesticulaba con rabia-. ¡Os haré sufrir mucho antes de casarme con el rey de Francia!

N'oun Doaré llevó a la princesa ante el rey, que manifestó su admiración ante la belleza de la dama y la pidió en matrimonio.

-No puedo casarme con vos a menos que lleve el anillo que hay en mis aposentos. Prometí a mi difunta madre que llevaría su anillo en el día de mi boda.-anunció la princesa con decisión-. Pero el anillo está guardado en un pequeño arcón cuya llave se ha perdido.

El rey ordenó al joven que fuese a buscar el anillo o, de lo contrario, le esperaba la muerte. El muchacho corrió hasta los establos y le pidió a su yegua que cabalgasen en busca del anillo, pero ya no quedaban nudos en el ronzal. N'oun Doaré los había desatado todos. Se puso a llorar.

-¡Recuerda al rey de los pájaros! -le susurró la yegua al oído.
N'oun Doaré llamó a los vientos y pidió la ayuda del rey de los pájaros.
-Por favor, ¿puedes traer el anillo de la princesa del Carnero Dorado?

El rey de las aves reunió a todas las aves y ordenó a la más pequeña que buscase el anillo. Sólo el reyezuelo era lo bastante diminuto para atravesar la cerradura del arcón y transportar el anillo en el pico, aunque perdió algunas plumas.

N'oun Doaré le entregó el anillo a la princesa, que dio una patada en el suelo y comunicó al rey:

-No puedo casarme con vos,  a menos que traigáis aquí mi propio castillo y lo coloquéis frente al vuestro, ya que soy una princesa poderosa y no puedo vivir en el palacio de mi marido.

El rey ordenó de nuevo a N'oun Doaré que trajese rápidamente el castillo si no deseaba morir.
-¿Cómo vamos a hacerlo? -preguntó entre sollozos a la yegua, que tiró de su túnica y respondió:
-¿Recuerdas al rey de los cuernos?

N'oun Doaré golpeó la tierra y llamó al rey de los cuernos para que le ayudase a trasladar el castillo de la princesa. Y el rey de los cuernos reunió a todos los animales con cornamenta y les pidió que ayudasen a transportar el castillo a París.
A la mañana siguiente, ahí estaba el castillo, frente al palacio del rey de Francia.

-Ya podemos casarnos -anunció el rey.
-¡Oh, no! -rechazó la princesa-. No puedo entrar en mi castillo sin la llave. Era una llave mágica que cayó al fondo del mar y que ningún cerrajero de la tierra puede fabricar de nuevo.

El rey mandó a N'oun Doaré que fuese a buscar la llave, o de lo contrario, moriría. El muchacho se apoyó en la flaca y hambrienta yegua y lloró de miedo, ya que no sabía nadar.

-Recuerda al rey de los peces -le susurró la yegua al oído.

El joven se acercó a la orilla del mar y llamó al rey de los peces, que reunió a sus semejantes y les pidió que buscasen la llave perdida. Finalmente, un salmón salió a la superficie con la llave de diamantes en la boca. El muchacho se llevó a la princesa. Ésta ya no tenía excusas para seguir retrasando la boda, de modo que se dirigió a la iglesia para casarse con el rey. Entre el júbilo y las celebraciones que tenían lugar en la plaza, junto a la iglesia, estaban N'oun Doaré y su yegua. Cuando repicaron las campanas para anunciar que la princesa ya era esposa del rey, la piel de la yegua se desprendió y dejó paso a una hermosa muchacha de cabello oscuro.

El muchacho se quedó boquiabierto de la sorpresa mientras la joven decía:
-Soy hija del rey de Tartaria, y he sido víctima de un hechizo. De entre todos los hombres que existen en el mundo, te elegiría a ti para ser mi esposo, ya que tu fe en mí me ha liberado del hechizo. ¿Querrías venir conmigo y ser el rey de mi país?
-Encantado -respondió N'oun Doaré, mientras tomaba las manos de la joven.

Y el rey que acababa de casarse estaba tan contento que nombró caballero al muchacho con la misma espada vieja y oxidada que éste había comprado en un puesto de Morlaix. Sin embargo, cuando estaba a punto de pronunciar las palabras <<Alzaos, sir N'oun Doaré>>, el óxido desapareció de la hoja y se pudo escuchar como la espada decía: <<Alzaos, sir Invencible>>.

Se cuenta que en algún lugar de Tartaria todavía vive el rey Invencible con su esposa, y que siempre que necesita algo, es ella quien conoce la respuesta.


















Nota: Esta historia la recuperó Luzel en Bretaña a mediados del siglo XIX, y lo que se presenta en ella, es el tema del instinto y del destino, ya que gracias a ello, el joven escogió una espada vieja y una yegua flaca que eran para él.

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