sábado, 23 de febrero de 2013

El Toro Negro de Norroway (Escocia)

Hace mucho, mucho tiempo, en la tierra de Norroway, vivía una mujer con sus tres hijas. Cuando se hicieron mayores, las muchachas sintieron el deseo de crear su propia familia. Un día, la hija mayor habló así a su madre:
-Cuéceme una barra de pan y ásame un poco de carne, querida madre. Me marcho a buscar fortuna.

Y se fue a visitar a la vieja pitonisa, que le predijo el futuro. La anciana adivina observó la mano y el rostro de la muchacha; después le pidió que mirase por la puerta trasera y que le describiese lo que veía. La muchacha miró tres veces, y a la tercera apareció por el camino un carruaje tirado por seis caballos blancos. Inmediatamente, la joven entró en la casa de la adivina y ésta le dijo:
-¡Ahí lo tienes!

Y la hija mayor subió al carruaje y se marchó.

La hija mediana también se lamentaba de su vida solitaria. Un día, entre suspiros, pidió a su madre:
-Cuéceme una barra de pan y ásame un poco de carne, querida madre. Me marcho a buscar fortuna.

Y corrió hasta la casa de la pitonisa, que observó su mano y su rostro; después la pidió que mirase por la puerta de atrás. La joven miró tres veces y vio el carro de un granjero tirado por cuatro caballos pardos.
-¡Ése es para ti! -dijo la adivina. La hija mediana subió al carro y se marchó.

La hija menor se aburría de muerte y se lamentaba de su vida solitaria. Un buen día ya no pudo más y pidió a su madre:

-Cuéceme una barra de pan y ásame un poco de carne, querida madre. Me marcho a buscar fortuna.

Fue a ver a la vieja pitonisa, que observó con atención su mano y su rostro; le pidió que mirase por la puerta trasera y que le dijese exactamente lo que veía. La muchacha miró una, dos y tres veces, y lo único que vio fue un gran toro negro que se acercaba bramando. La joven corrió hasta la adivina, que le dijo:
-Ése es para ti.

La ayudó a subir a lomos del toro, para horror y miedo de la muchacha, y el toro se alejó con ella.

El toro caminó y caminó sin parar, y la muchacha no sufrió daño alguno, pero cada vez tenía más hambre y no pudo reprimir un quejido. El toro la oyó y dijo:
-Come lo que encuentres en mi oreja derecha y bebe lo que encuentres en mi oreja izquierda.

Temblando, la hija menor largó la mano hasta la gran oreja derecha del toro, donde halló una barra de buen pan. De la oreja izquierda sacó una jarra de cerveza. Dejó sus miedos a un lado, comió y bebió, y luego se sintió mucho mejor Luego continuaron viajando sin parar, hasta que la noche los cubrió con su manto y ya no pudieron seguir. A un lado del camino había un camino, y el toro anunció:
-Nos quedaremos a pasar la noche, pues aquí vive mi hermano y seremos bien recibidos.

Los sirvientes acudieron a toda prisa para ayudar a la joven a bajar del toro, ya que le dolían las piernas después de tantas horas de viaje. La llevaron a una habitación preciosa. Por la mañana, el hermano del toro se presentó ante ella. Tenía la apariencia de un hombre mortal. Le ofreció una manzana y dijo:
-Querida muchacha, toma esta manzana y guárdala bien. No la partas hasta que te enfrentes al problema más grave que un mortal puede sufrir, pues te servirá de ayuda.

Más tarde, ayudó a subir de nuevo a la joven a lomos del toro para continuar su viaje. Mientras avanzaban, la muchacha comenzó a preguntarse por qué el toro no tenía el mismo aspecto que su hermano.

Viajaron y viajaron sin parar, hasta que el sol cayó del cielo como una piedra y la oscuridad les impidió continuar. A un lado del camino había un castillo, donde se detuvieron. El toro anunció:
-Nos quedaremos a pasar la noche, ya que aquí vive mi segundo hermano y nos espera con mucha ilusión.

Los sirvientes acudieron a toda prisa para ayudar a la muchacha a bajar del toro, y la acompañaron ante la chimenea. Después, la condujeron hasta una bonita habitación. Por la mañana recibió la visita del segundo hermano del toro. También tenía el aspecto de un hombre. La saludó amablemente y le ofreció una pera, mientras le decía:
-Toma esta pera y guárdala bien. Asegúrate de no partirla hasta que te enfrentes al problema más grave que un mortal puede sufrir, pues te servirá de ayuda.

Una vez más, la muchacha recibió ayuda para subir a lomos del gran toro. Mientras continuaban su viaje, la joven no dejaba de hacerse preguntas sobre los regalos que había recibido y la ayuda que podían proporcionarle.

Viajaron y viajaron sin parar, hasta que el viento trajo la nieve. El frío, cada vez más intenso, les impidió continuar. A un lado del camino había un castillo, donde se detuvieron. El toro anunció:
-Nos quedaremos a pasar la noche, ya que aquí vive mi tercer hermano y podremos descansar.

Los sirvientes acudieron a toda prisa para ayudar a la muchacha a bajar del toro, y le quitaron la nieve que la cubría. La llevaron a una habitación muy bonita. A la mañana siguiente, recibió la visita del tercer hermano. También tenía la forma de un hombre. La saludó amablemente y le ofreció una ciruela, mientras le decía:
-Toma esta ciruela y guárdala bien. Asegúrate de no partirla hasta que te enfrentes al problema más grave que un mortal puede sufrir, pues te servirá de ayuda.

De nuevo a lomos del toro, la pareja continuó el viaje. Después de recorrer un camino largo y pesado, llegaron a una cañada oscura y amenazante. El toro se detuvo junto a una gran roca para que la muchacha pudiese bajar. El animal miró a la joven a los ojos y dijo:
-Quédate aquí mientras voy a luchar contra mi enemigo. Siéntate en esta roca y no te muevas hasta que regrese; de lo contrario, no me volverás a ver. Si todo a tu alrededor se torna azul, significa que habré vencido. Pero si todo se tiñe de rojo, me habrán derrotado y tú tendrás que regresar sola a tu casa.

La muchacha asintió y le deseó suerte; después se sentó y sintió un temblor en su interior, aunque intentó no moverse mientras el toro desaparecía en la cañada oscura. A sus oídos llegaron los terribles sonidos de la lucha, bramidos y golpes, pero no vio nada. Transcurridos unos minutos, el aire a su alrededor se tiñó de azul. La muchacha sintió un gran alivio al saber que el toro había ganado, y aplaudió.

En aquel mismo instante, el aire resplandeció, las aguas dejaron de correr en los arroyos, los pájaros dejaron de batir sus alas, la hierba dejó de ondularse al viento. La muchacha parpadeó varias veces seguidas y, cuando por fin abrió los ojos, todavía estaba sentada en la piedra, aunque en un lugar distinto. La joven empezó a llorar al darse cuenta de que el toro no podría encontrarla. Ella tendría que encontrarlo a él.

Introdujo una mano en uno de sus bolsillos y tocó las tres frutas que le habían entregado. Quizá debería partir una; sin duda, lo que ocurría era terrible. Pero se lo pensó mejor: no había sufrido ningún daño y todavía podía cuidar de sí misma.
Tal vez aún no había llegado el momento de pedir ayuda.

Miró a su alrededor y vio una suave colina de cristal que parecía el lugar al que debía dirigirse. Y así lo hizo. Comenzó a buscar un camino para subir, pero cada vez que lo intentaba, resbalaba hacia abajo. Finalmente llegó a una herrería, donde halló al herrero alisando hierro con el martillo.

-Herrero, ¿puedes hacerme unos zapatos de hierro con púas en las suelas que me permitan subir la colina de cristal?
-Por supuesto -respondió el herrero-. ¿Cómo piensas pagarme?
Lo único que tenía la muchacha eran las tres frutas; por un momento pensó en entregar una al herrero, pero algo la detuvo. Estaba segura de que había recibido las frutas para una situación mucho peor que aquélla.
-No tengo nada -fue su triste respuesta.
-Los zapatos de hierro con púas resultan difíciles y caros de hacer -observó el herrero-. Si me ayudas durante siete años en la forja, me daré por bien pagado.

Y así lo hizo: la joven trabajó durante siete largos años en la forja, donde aprendió todo lo que el herrero le enseñó. Al final del tiempo estipulado, la muchacha recibió sus zapatos de hierro. Se los puso y corrió hacia la colina. En la cima había una sola casa. Pertenecía a una lavandera que vivía allí con su única hija, que era muy fea.
-Casi nunca vemos viajeros por estas tierras -dijo la lavandera-. Pero ¡dos en una semana es muy extraño! El jueves pasado llegó un joven guerrero con la camisa llena de sangre, y me pidió ayuda. Venía de la guerra y estaba cansado y malherido.

Lo que la lavandera no le explicó es que el guerrero había afirmado que la mujer que dejase limpia su camisa sería su prometida. Aunque la lavandera y su hija lavaron la prenda hasta que les dolieron las manos, fueron incapaces de eliminar las manchas de sangre.

A la muchacha le dio un vuelco el corazón al oír aquellas palabras.
-¿Dónde está el guerrero? -preguntó.
-Se encuentra descansando en la habitación de atrás, pues necesita algunos cuidados. Tengo mucho trabajo atrasado. ¿Podrías ayudarme? -preguntó la astuta lavandera, que entregó a la joven una cesta con ropa para lavar, incluida la camisa ensangrentada.

La muchacha llevó la cesta junto a las burbujeantes aguas del arroyo, donde enjabonó, frotó y retorció toda la ropa, y también la camisa del guerrero. La lavandera quedó encantada cuando vio la camisa limpia; se la enseñó al guerrero y le dijo que la había lavado su hija.

Aquella noche, en la cena, la lavandera anunció que el guerrero y su hija iban a casarse en cuanto el joven se recuperase. La muchacha dejó de comer cuando escuchó la noticia; sintió una gran opresión en el corazón. Nunca antes le había invadido tanta tristeza. Se metió la mano en el bolsillo para buscar un pañuelo y rozó la manzana. Sin duda, había llegado el momento de utilizarla. Se marchó a su habitación y, una vez allí, tiró la manzana al suelo para partirla. El interior  estaba repleto de oro y diamantes.

La joven ofreció a la fea hija de la lavandera el contenido de la manzana y le dijo:
-Si me dejas que me siente junto al guerrero esta noche, te daré esto.

La hija de la lavandera tomó todo el oro sin pensarlo y se lo contó a su madre. Ésta preparó una poción para dormir al guerrero. Inmediatamente antes de que la muchacha fuese a sentarse a su lado, el guerrero bebió la poción y se quedó profundamente dormido. La muchacha entró de puntillas en su habitación y observó su rostro por primera vez. En la cama yacía un hombre joven, de cabello oscuro, con las marcas del sufrimiento en el rostro. Desde el fondo de su corazón, ella sabía que aquel era su amado toro negro, que había recuperado su verdadera forma. La joven permaneció a su lado toda la noche, mientras le sujetaba la mano y cantaba:
Durante siete largos años te he acompañado.
Por ti la colina de cristal he subido.
He lavado la camisa manchada de sangre.
¿Y ahora no vas a contestarme?
Pero él no se movió en toda la noche.
Al día siguiente, desesperada, la muchacha abrió la pera: estaba llena de plata y perlas. De nuevo se presentó ante la ruda hija de la lavandera y le ofreció la plata y las joyas a cambio de una noche atendiendo al guerrero herido. Pero, de nuevo, la lavandera le dio la poción que le hizo dormir toda la noche. La valiente muchacha ya no sabía que hacer; sus llantos y sus canciones no conseguían despertar al guerrero.
Y ella suspiraba una y otra vez:

Durante siete largos años te he acompañado.
Por ti la colina de cristal he subido.
He lavado la camisa manchada de sangre.
¿Y ahora no vas a contestarme?
Al día siguiente, el guerrero se sintió mucho mejor después de un sueño largo y profundo, y solicitó el servicio de un hombre que le afeitase para su inminente boda. Acudió uno de los hombres que cortaban leña para la lavandera, y que vivía bajo la habitación que ocupaba el guerrero. El hombre preguntó al joven:
-¿No escuchaste la extraña canción del viento la pasada noche? ¡Juraría que venía de tu habitación!

El guerrero decidió quedarse despierto la noche siguiente para comprobar qué podía ser. La muchacha tomó su última esperanza, la ciruela, y la estampó contra el suelo. De su interior surgieron rubíes y esmeraldas. Corrió con las piedras preciosas hasta la hosca hija de la lavandera y le suplicó que le dejase atender al guerrero la noche anterior a su boda. De nuevo, la lavandera ofreció al joven la poción justo antes  de irse a la cama. Sin embargo, en esta ocasión, el guerrero fingió que bebía y anunció que el brebaje estaba demasiado amargo. Mientras la lavandera se ausentaba para buscar una jarra de miel con que endulzarlo, el joven vertió la poción al suelo. Después, regresó a la cama, se tapó y fingió que lo había bebido de todos modos.

La valiente joven entró en la habitación y se sentó junto al guerrero. De nuevo entonó su canción:
Durante siete largos años te he acompañado.
Por ti la colina de cristal he subido.
He lavado la camisa manchada de sangre.
¿Y ahora no vas a contestarme?
El guerrero se volvió hacia ella y dijo:
-Te escucho y te contesto, mi valiente amiga. Tú has limpiado mi camisa y has roto el hechizo con tu paciencia y coraje. Amor mío, ¿quieres ser mi esposa?

Después, la abrazó y la besó. El guerrero y la muchacha descendieron la colina de cristal para alejarse de la vieja lavandera y su fea hija, pasaron junto a la herrería y regresaron a su propio país, donde vivieron felices para siempre.













*Nota: Esta es una historia tradicional de las tierras bajas. En esta historia se demuestra que con paciencia y determinación podemos lograr cualquier objetivo -y más aún cuando es por alguien a quien amamos-, aunque en ocasiones resulta difícil saber como actuar.

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