domingo, 6 de enero de 2013

Las Palabras Que Se Quedan En El Fondo De Mi Botella (Confesiones de una suicida)


Creo que está auténticamente claro lo que siento. Pero necesito contar la historia completa para que me entiendas y para que lo veas de la misma manera que yo.

Llevo enamorada de ti cuatro años.

Al principio, me negué a aceptarlo, quizás porque me avergonzara, quizás porque sentía miedo porque nunca había sentido lo mismo por alguien de esa manera tan cruel. Pasabas por delante de mí y no sabía que hacer, intentaba mantener las apariencias y una cara de poker que ocultase todo lo que sentía. De alguna manera, te fijaste en mí, y supiste como hacer para que esos extraños y confusos sentimientos siguiesen cada vez más ligados a ti. Y llegó el verano, y no sabía que hacer, estaba con una persona con la que no era feliz, y tú por ahí, revoloteando a tu aire. Pero llegó septiembre, y ya no conseguía sacarte de mi cabeza, no podía callármelo y se lo solté a mis amigas. “Estas loca” dijeron algunas, “Inténtalo” dijeron otras. No me atrevía a decírtelo a la cara.

Y llegó octubre, y me armé de valor para poder decírtelo, y para mi sorpresa, oí ese “sí” satisfactorio salir de tus labios. Era feliz contigo, pero faltaba algo, quizás algo más de confianza. Los primeros besos, los primeros “te quiero” que conseguí decir y que fuesen sinceros, fueron en ese tiempo que transcurría tranquilo a tu lado. Éramos felices. Pero cierto día, tras ciertas confesiones de un buen amigo, me entraron las dudas. ¿Y si ya no me querías? ¿Y si era todo mentira? Lo dejé estar por un tiempo para acabar por hacer caso omiso y continuar con mis decisiones. Y llegaron los fatídicos seis meses en los que te dejé por seguir teniendo dudas acerca de tus sentimientos, por miedo a que me dejaras tirada por alguien… Y sin pensarlo lo hice, te dejé tirado, para luego a los cinco minutos, arrepentirme de lo que había hecho. Sabía que no podía dar marcha atrás, pero me aguanté. No te tenía y sabía que no podía hacer nada. Pero pasaron cinco días y me llegó un sms tuyo en el que me pedías que fuésemos amigos, y accedí, a mi pesar. No quería ser solo tu amiga, quise ser algo más. Y otros tres días más en los que acabé por reventar, no volvía poder a callar. Y volviste a mi lado, y aunque ese día no me besaste, era feliz por saber que te tenía otra vez. Fuimos felices hasta que al mes siguiente, me dejaste, aludiendo a que lo nuestro no iba a funcionar. ¿Cómo estabas tan seguro si no lo habíamos intentado de verdad? Me hiciste daño y me juré no volver a hablarte. Hasta que quince días después, sin previo aviso, volvimos, sin estar seguros los dos de si éramos novios o qué. Llegó el verano y no te ví hasta finales de agosto, en lo que esa visita fue algo revelador. Llegaron de nuevo las clases, y por fin volvía a verte todos los días, hasta que un día, creo que por una conclusión errónea, me volviste a abandonar. ¿Qué había hecho mal? No entendía nada. Te veía mirarme con cara de asco o rehuír mi mirada, tú veías mis lágrimas y te quedabas impasible. Pero un día decidiste regresar de nuevo, secuestrándome por así decirlo, cogiendo mi carpeta de dibujo para acabar besándome. Y lloré, vistes como se me encharcaban los ojos, como me aferré a ti, como te susurraba que no lo volvieses a hacer. Y te oí decirme al oído que no volvería a suceder. Hicimos un año juntos y éramos felices de nuevo, aunque yo no estaba bien por ciertos motivos. Tú tampoco. Conociste a mi abuela, y aunque ese día no fue perfecto por lo que tú y yo sabemos, lo pasé bien contigo. Había sido como una aventura.

Y un doce de febrero, tampoco nos salieron bien las cosas. Tenía paciencia, pero cada vez me costaba más, me empezaban a entrar dudas de si te quería de verdad o no. Me dije: el diecinueve de febrero lo intentamos. Y llegó ese día. Y me mandaste un sms diciendo que no podías venir, que tenías que currar. Lo acepté, sin más. Pero me parecía extraño que no dieses señales de vida como los otros días, y esa noche te llamé más de veintiún veces. Acabé llorando porque no entendía que pasaba, era otro mes que estaba a tu lado y no me respondías. Y pasó una semana, en la que salí con mis amigas y me pasé con el alcohol. Dije cosas que no tenía que haber dicho, pero te llamé y te diste cuenta de en el estado en el que estaba. No sé como, pero me di cuenta de que te hice daño y fue sin querer. Pero una semana más tarde, se descubrió tu traición. Me habías dejado plantada, me mentiste y me habías sido infiel. Ni siquiera me lo dijiste a la cara. Sentía rabia y dolor. No tenía valor para dejarte ni indiferencia para perdonarte en ese momento. ¿Te seguía queriendo? No lo sabía. No te dignabas a arrastrarte. Tampoco eras capaz de mirarme a la cara. Pero entre dos chicas que son geniales, consiguieron “reunirnos”, me pediste perdón –creo que con cierta timidez-, y te perdoné. Creo que ese día, me diste el beso más dulce que jamás me habían dado. Tenía miedo de si mis dudas seguían ahí. Pasó el tiempo, y llegó mi cumpleaños, y con él, el primer golpe que reconocía en público. Me partieron la boca sin motivo. Te echaba de menos.

Con el verano, te echaba aún más de menos. Hice todo lo que estuvo en mi mano para poder estar el uno de julio contigo, a tu lado. Pero ambos sabemos que lo pagué con trozos de mi piel llenos de moratones, cicatrices y algo de sangre. No sabes lo mal que lo pasé esa noche, deseando poder huir, pero no podía. Estaba tirada en una cama de la que apenas podía moverme. No podía hablar contigo.

Al final, te llamé, y te lo conté todo no sin lágrimas. Podía oír al otro lado del teléfono lo mucho que te jodía. Sabía que lo que proponías era perfecto, pero no podía huir, me daba miedo de que las cosas fuesen a peor. Pero al final, llegó ese mágico 23 de julio, en el que todos nuestros males desaparecieron por una tarde. Una tarde que fue perfecta y llena de calor, una tarde en la que conseguimos lo que meses llevábamos buscando. Te aseguro que fue perfecto y bonito.

Luego llegaron las preocupaciones… y nuestra boda. Ese día fue feliz, y triste. Triste porque no podíamos culminar esa boda, porque esas preocupaciones seguían ahí. Al fin y al cabo, fue sólo un susto, nada más.

Y llegó esa tarde en la que tras un mes entero sin verte, no había tren para ir a verte. Recuerdo oír a los Suaves salir del coche, verte a ti en la ventanilla mientras me metías prisa y yo seguía alucinada con lo largo que tenías el pelo y con verte. No me creía que estuvieses ahí. Y no sabes lo increíble que me pareció lo que ocurrió esa tarde, poniéndole por himno un “Hotel California” de The Eagles. Aunque después tuve problemas, esa tarde lo compensó. Más tarde llegaron la cascada y el prado, lugares en los que tú y yo pudimos soñar, lugares en los que me hiciste subir al cielo y tocar las estrellas. Otro año más a tu lado. Y era feliz, me encantaba acurrucarme entre tus brazos, o ser la primera que te diese un beso y un abrazo por las mañanas con una sonrisa. Era mi manera de darte los buenos días. Y pasaron los meses, y aunque te amaba… empezaron las peleas. En mi defensa diré que encendían la mecha fácil que tenía para prender. Y… todos esos sueños, todas las cosas que queríamos hacer en un futuro, las sigo guardando en mi almohada. Y ahora que te he perdido, que sé que nunca más vas a volver, que lucho por una causa perdida, te aprecio más que nunca. No tienes ni idea de lo que me arrepiento de haber perdido el tiempo contigo.

Y, ahora que de verdad, no sé si saldré con vida de esta, te digo que te sigo amando, más de lo que hice en su día, y que te echo de menos, y que no tienes ni idea de cuanto.

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