martes, 8 de enero de 2013

La Dama del Lago (Gales)


Hace mucho tiempo, cerca de Llanddeusant, en el sur de Gales, vivía una viuda muy pobre con su único hijo, Rhys. Cada primavera, cuando la hierba ondeaba alta y verde, Rhys guiaba hasta las Montañas Negras para que paciesen y diesen buena leche. Después, su madre preparaba mantequilla y queso.

            Los pastos favoritos de las vacas se encontraban junto a Llyn y Fan Fach, el lago de la Pequeña Cumbre. Una mañana, temprano, Rhys vio a una hermosa joven sentada en el agua del lago, que hacía las veces de espejo, peinando sus largos y dorados cabellos. No había duda de que no era como las otras chicas de los valles, con las manos enrojecidas por el trabajo: los dedos de la dama del lago eran finos y blancos, y su rostro desprendía una antigua sabiduría a pesar de tratarse de una hermosa joven. Rhys se disponía a desayunar, de manera que ofreció a la dama un pedazo de pan de cebada y queso.

            La joven se acercó a Rhys caminando sobre el agua y miró el pan como si no supiese qué era. Rhys se dio cuenta de que el pan estaba quemado por uno de los lados, pero ya era demasiado tarde para que pudiera retirar su ofrecimiento.

            La dama miró a Rhys a los ojos y, con una voz clara y preciosa, como una campanilla, la dama dijo:
En verdad tu pan está bien cocido.
Pero no es tan fácil dar conmigo.

Y de inmediato se sumergió en el agua. Rhys estaba impresionado; se había enamorado de la joven a primera vista. Pensó que tal vez la había ofendido por ofrecerle pan quemado. A la mañana siguiente, tomó un trozo de masa de pan a medio cocer y se dirigió al lago antes de ordeñar las vacas. De nuevo apareció la joven, y Rhys le ofreció la masa húmeda de pan a medio cocer. La dama se acercó y, mirando la masa, dijo:
El pan que sujetas no está bien cocido.
No puedo aceptarlo, querido mío.

Rhys sintió una profunda tristeza, ya que amaba a la dama con todo su corazón. Al día siguiente, esperanzado, tomó una barra de pan bien cocida, pero no quemada. Cuando la dama apareció, Rhys se adentró en las aguas del lago y le ofreció el pan. Ella miró la barra; después posó sus ojos en Rhys y, con una alegre sonrisa, dijo:
Es bueno el pan que me das,
pero ¿tus promesas de amor cumplirás?
Rhys se ruborizó y, con voz entrecortada, declaró a la dama su amor y le pidió en matrimonio. La joven respondió:
Seré tu prometida, a tu lado estaré.
Pero si me lastimas tres veces, no me volverás a ver.
           
-Jamás te haré daño –prometió Rhys. Sin embargo la dama del lago se sumergió en las aguas y el joven se quedó decepcionado. Estaba a punto de regresar a casa para ordeñar las vacas, pensando que su cortejo había sido en vano, cuando vio que del lago salían tres personas: un hombre de aspecto noble y dos damas exactamente iguales. Parecían gemelas. Las dos llevaban los mismos vestidos, los mismos zapatos. El hombre saludó a Rhys con amabilidad.
            -¿A cual de mis dos hijas amas? Si aciertas, no tendré reparo alguno en consentir vuestra boda hoy mismo.
Rhys observó a las muchachas una y otra vez, pero no veía ni la más mínima diferencia entre ellas. Estaba a punto de rendirse y elegir al azar cuando se dio cuenta de que la dama de la derecha había adelantado ligeramente un pie. Y fue entonces cuando comprobó que las dos hijas del hombre se habían atado las sandalias de manera muy distinta. Señaló a la joven de la derecha y dijo:
            -Ésta es la que yo amo.
El hombre del lago asintió:
            -Acertaste. A partir de ahora tendrás que ser un marido amable y fiel, y yo entregaré a mi hija una dote de tantos animales como sea capaz de contar sin parar ni un solo seguro a tomarse aliento. El hombre gritó:
-¡Ovejas! –y del lago surgió una fila de ovejas.
La dama empezó a contar:
-Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Uno, dos, tres, cuatro, cinco –y así, una y otra vez, hasta que se quedó sin aliento.

            Rhys pensó: <<No deben de tener necesidad de contar mucho debajo del lago si nunca pasan de cinco>>, pero se guardó sus pensamientos por temor a parecer grosero. A continuación, el hombre del lago mencionó cabras, caballos, y vacas, mientras su hija iba contando. Cuando la joven terminó, el paso de la montaña estaba lleno de animales que ella y su recién estrenado marido guiaron hasta el valle.

            Con tanto ganado, a Rhys le fueron muy bien las cosas. Se mudó a una nueva granja, donde él, su mujer y sus tres hijos vivieron felices durante muchos años. La madre de Rhys vivió el tiempo suficiente para conocer a sus nietos y disfrutar de ellos antes de morir, feliz de ver recuperada la fortuna de la familia y el gran amor que unía a Rhys y a la extraña mujer que había bajado de la montaña para ser su esposa. La dama del lago no hablaba mucho, pero era una buena madre.

            Un día, Rhys y su mujer recibieron una invitación para un bautizo. La mujer se negó a acudir porque estaba muy lejos para ir andando.
            -Puedes tomar un caballo y así evitarás cansarte –sugirió Rhys.
            -Así lo haré –contestó ella-, pero tienes que traerme mis guantes de montar de la casa.
Y es que la dama seguía teniendo unos dedos blanquísimos. Rhys fue a buscar los guantes y salió con ellos, pero allí seguía su mujer, de pie.
<< ¿Tengo que hacerlo yo todo?>>, murmuró Rhys para sus adentros, aunque a su esposa le dijo:
            -Ahí van los guantes. ¡Venga, vamos, ve a buscar el caballo! –y le dio un golpecito cariñoso con los guantes. La mujer se irguió y miró a su marido mientras decía, con lágrimas en los ojos:
Comienza una vida de preocupaciones,
un largo camino sin bendiciones.
He sido tu esposa, a tu lado estaré,
pero si me lastimas dos veces más, no me volverás a ver.

Y Rhys recordó su promesa, aunque no había sido su intención romperla con aquel golpecito con los guantes. Prometió tener más cuidado en el futuro.

Pasaron algunos años más. Un buen día recibieron una invitación para una boda. Todo el mundo cantaba, bailaba y se divertía cuando, de repente, la dama empezó a llorar en medio de la sala, para gran sorpresa de Rhys. Su llanto era tan intenso que estaba empezando a alterar el buen ambiente de la fiesta, por lo que Rhys la agarró por un hombro y la sacudió suavemente para que parase. Tras preguntarle cuál era el problema, ella respondió, sollozando:
A esta fiesta la pena invitada está,
comienzan los problemas, pronto nadie bailará.
He sido tu esposa, a tu lado estaré,
pero si me lastimas una vez más, no me volverás a ver.

Y Rhys recordó de nuevo su promesa, ya que había golpeado a  su esposa por segunda vez sin intención de hacerle el más mínimo daño. Rhys se disculpó ante sus anfitriones y se marchó a casa con su mujer, decidido a tener más cuidado en el futuro.

Los años pasaron y sus hijos crecieron. Rhys tenía mucho tacto para no ofender a su esposa, y pensaba en las necesidades de ella antes que en las suyas propias. Se amaban tanto que habría sido terrible lastimarla una vez más, aunque fuese por error, ya que entonces la dama se marcharía para siempre.

Un día recibieron una invitación para un funeral. Se trataba de una ocasión muy triste, en la que todos lloraban desconsolados y recordaban con respeto al viejo granjero que acababa de morir. De repente, en medio del silencio, la dama empezó a reírse sin parar hasta que Rhys la agarró por la muñeca con dureza:
-¡Mujer, mujer! ¡Calla!
Pero la dama siguió riéndose mientras decía:

Los problemas cesan cuando la vida se acaba.
La lucha termina cuando la muerte llega.
Soy tu esposa, pero ahora debo partir.
Me has lastimado tres veces, tu promesa no has sabido cumplir.

En aquel momento, Rhys supo que había roto su promesa por última vez y que ya no tendría más oportunidades.

Sin mediar palabra, la dama se marchó a casa. Allí reunió a los descendientes de las ovejas, las vacas, las cabras y los caballos que habían salido del lago con ella.

Venid, pintas, de blanco moteadas.
Venid, manchadas, y señaladas.
Se cuatro campos, de ijadas blancas,
por el viejo pálido guiadas.
Y la gris sin destetar
que junto a su madre va
desde el patio del rey.
Y el ternero negro asado
que chisporretea y se ha tostado:
¡Venid aquí, a casa vamos!

            Y todas las vacas acudieron a ella de inmediato, incluso el ternero negro que acababan de sacrificar y empezaba a asarse al fuego. Todos siguieron. Mientras bajaba la montaña a grandes zancadas, llamó a los cuatro bueyes que araban en el campo:

Y los bueyes grises, los cuatro.
Bajad ya de los campos.
¡Venid aquí, a casa vamos!

            El yugo y el arnés con que arrastraban el arado se soltaron de los bueyes, que siguieron a la dama junto con las vacas, las cabras, las ovejas y los caballos, todos de regreso al lago.

            Rhys volvió a casa a trompicones, incapaz de hablar, y se sentó junto al fuego. Estaba destrozado. Sus tres hijos recorrieron las Montañas Negras en busca de su madre, pero no la encontraron. La familia de la granja cercana a Myddfai había caído en desgracia. Ya no podían presumir de su riqueza, pues no quedaba ni un animal.

            El hijo mayor, Rhiwallon, añoraba a su madre tanto como temía por la salud mental de su padre, quien apenas hablaba.

            Casi un año después de su desaparición, la dama se mostró ante su hijo un día que éste caminaba por las montañas. Rhiwallon se alegró muchísimo de verla de nuevo. Intentó convencerla para que volviese a casa, pero ella se negó diciendo:
Del lago traigo curación para el mortal.
¡La alegría de vivir debe recuperar!
A mi linaje entrego esta sabiduría de curación,
os dará salud con la palabra, hierbas y mi bendición.

La dama entregó a Rhiwallon un saco con hierbas y remedios, y le dio instrucciones sobre su uso. El joven se lo agradeció y regresó al valle, junto a su padre.

            Cuando vio la tristeza de Rhys, recordó uno de los remedios que su madre le había entregado para aquellos cuya mente se hallaba trastornada. Preparó un puré con linaza, betónica, tronco de áloe, hinojo y semillas de anís, y lo ofreció a su padre. Después de unos días de profundo sueño en una habitación oscura, Rhys recuperó la cordura y se tomó mucho mejor la ausencia de su esposa.

Rhys vivió algunos años más y, cuando murió, su alma se reunió con la dama del lago que había sido su esposa. En cuanto a Rhiwallon, se convirtió en un famoso médico y enseñó a curar a sus tres hijos. La gente los llamaba <<los médicos de Myddfai>>, ya que los cuatro pusieron todo su empeño en curar a sus paisanos galeses.

Muchos cientos de años más tarde, los remedios de la dama del lago se escribieron en un libro para que otras personas pudieran compartirlos… aunque no hubo médicos mejores que los de Myddfai. Todavía hoy viven miembros de esta familia en el sur de Gales, y están orgullosos de saber que son descendientes de la dama del lago.






*Los médicos de Myddfai fueron una familia real cuyos descendientes todavía viven. Aquellos que deseen conocer los métodos curativos que la dama le entregó a su hijo encontrarán muy interesante The Herbal Remedies of the Physicians of Myddfai, editado por el doctor Dereck Bryce (Llanerch Enterprises, 1987); no obstante parece ser que algunos secretos de la dama se han trasmitido de forma errónea a lo largo de los años. A pesar de todo, el libro ofrece buenos consejos para sanadores de todas las edades. El remedio que le administra Rhiwallon a su padre en la leyenda procede de este libro. Sir John Rhys recogió esta historia en el siglo XIX entre los habitantes de Llandovery, en el centro de Gales, pero este cuento es una versión de Caitlín Matthews.

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