jueves, 20 de diciembre de 2012

Perspectivas Del Egotista


Salgo del bar, dando tumbos de un lado a otro. Me siento en la acera gris y enciendo un cigarrillo mientras noto como el vodka me corre por las venas, haciéndome recordar recuerdos dolorosos que estaban enterrados.

Empiezo a recordar, en blanco y negro, como si de una película muda de los años 40 se tratara, tus palizas, tus golpes, tus palabras hirientes. Las malas situaciones, tu mal carácter.

Aquellas tardes en las que me abandonabas en medio de la montaña sin nada con lo que poder jugar. Me mandabas ir al río a por agua. A un río que quedaba lejos de donde tú estabas, y que además era peligroso para una niña de cinco años. Lleno de víboras, ortigas, piedras escarpadas… y además, sus orillas empedradas eran lo suficiente húmedas como para resbalar y desnucarse. Pero ahí estaba yo, arrodillada, cogiendo agua fría para calmar tu sed.
No me dejabas ni posar los labios sobre tu botella, yo no podía beber, ni tocar, ni comer, ni usar tus objetos, tus cosas. No me dejabas acercarme a ti.
Me gustaba correr entre los árboles, perderme y que no me encontraras, me escondía para no oír tu voz, tus órdenes.

Metías dinero en un viejo coche mientras nosotros moríamos de hambre. Los insultos y frases que me soltabas, metiéndote con mi físico y mi personalidad, apuntando a herirme y dabas en la diana.

Como criticabas a mis conocidos, a mis amigos, a mis novios. No duró ni uno, gracias a tus comentarios. Los puñetazos…, las patadas en las costillas, los desgarrones de ropa…

Las lágrimas me afloran… pero las retengo. Cierro los ojos para poder detener esos recuerdos que tanto me hicieron daño en el pasado. Ya no dependo de ti, soy casi libre. Ya no laten tus moratones en mi piel. Ya no te pertenezco.

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