jueves, 20 de diciembre de 2012

El Caballero Manchado


Se quedó en silencio, embriagado ante la gloria de su cuerpo, el hueco de la garganta, los pechos abundantes con grandes pezones oscuros, las curvas exuberantes de la cintura y las caderas. Y de pronto, sin saber cómo, la tenía entre los brazos y ella le estaba quitando la ropa. Cuando llegó a la camisa que llevaba bajo la túnica se la agarró por los hombros y desgarró la seda hasta el ombligo, pero a Arys ya nada le importaba. Sentía la piel suave bajo los dedos, tan cálida como la arena caldeada por el sol dorniense. Le alzó el rostro y buscó sus labios. La boca de la mujer se abrió bajo la suya; sus pechos le llenaron las manos. Sintió como se endurecían los pezones cuando los acarició con los pulgares. Tenía la cabellera espesa y negra, olía a orquídeas, y aquel olor terrenal y oscuro le provocó una erección casi dolorosa.

            -Tócame –le susurró la mujer al oído. Él pasó la mano más allá de la suave curva del vientre para buscar el dulce lugar húmedo bajo la mata de vello negro-. Sí, así –murmuró ella mientras introducía un dedo en su interior. Dejó escapar un gemido, lo arrastró hacia la cama y lo hizo tumbarse-. Más, más, sí, mi caballero, mi caballero, mi dulce caballero blanco, sí, sí, a ti, te deseo a ti. –Lo guió hacia su interior y se abrazó a él para atraerlo con más fuerza-. Más –susurró-. Más, sí.

Lo rodeó con unas piernas fuertes como el acero. Sus uñas le arañaron la espalda mientras la embestía, una vez, y otra, y otra, hasta que dejó escapar un grito y arqueó la espalda contra el colchón. Mientras, ella le buscó los pezones con los dedos y se los pellizcó hasta que derramó su semilla en su interior.

            <<Ahora mismo podría morir feliz>>, pensó el caballero y, al menos durante unos instantes, estuvo en paz.
            No murió.
            Su deseo era profundo e infinito como el mar, pero cuando bajaba la marea asomaban los escollos de la vergüenza y la culpa, tan escabrosas como siempre. En ocasiones, las olas las cubrían, pero seguían bajo las aguas, duras, negras, resbaladizas.



                               "Canción de Hielo y Fuego: 4. Festín de Cuervos", George R. R. Martin




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